COMENTARIO
En la introducción doctrinal a la primera parte del libro de Ben Sirac se apuntan las grandes líneas de pensamiento que se irán desarrollando a lo largo de su obra. Trata en concreto acerca del Señor como origen de la sabiduría y de la actitud que el hombre ha de adoptar ante Él para conseguir ser sabio. En la traducción griega de esta obra, lo mismo que sucede en la traducción de los Setenta de otros libros del Antiguo Testamento, se utiliza el término «el Señor» en los lugares donde el texto hebreo emplea el nombre propio de Dios, Yhwh.
La primera cuestión que se plantea es: ¿de dónde viene la sabiduría? Y la respuesta es clara desde el principio: «Toda sabiduría procede del Señor y está eternamente con Él» (1,1). No hay otra fuente que el único Dios: «Uno sólo es sabio» (1,8). Él creó todas las cosas y «ha infundido la sabiduría en todas sus obras» (cfr 1,10). Por lo tanto la observación y estudio de la naturaleza y del hombre es camino para descubrirla. De todo esto se hablará con más detalle en la sección introductoria a la segunda parte del libro (16,24-18,14).
Ahora bien, cada una de las criaturas ha sido hecha con unas características propias y la sabiduría del Señor se manifiesta en el orden de lo creado y en las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza y de la actuación de los hombres. El propio ser humano alcanzará la felicidad y la sabiduría si se ajusta a esas normas que el Señor le ha marcado. Por eso, Ben Sirac expresa con claridad lo que constituye la principal aportación de todo su libro: «Si deseas la sabiduría, guarda los mandamientos» (1,33). Quien se acerca al Señor con sencillez y corazón dispuesto a escuchar y llevar a la práctica sus preceptos encontrará la respuesta que busca su afán de conocer el porqué de las cosas que hay sobre la tierra. En la introducción a la tercera parte del libro se desarrollarán más a fondo estas ideas (24,1-47).
En consecuencia, la actitud lógica de quien está abierto a recibir la sabiduría es el respeto agradecido que se debe al Creador y que se manifiesta en una conducta respetuosa con las normas de funcionamiento impresas con sabiduría en la naturaleza creada. Esto es lo que en la tradición de Israel se llama «el temor del Señor», que por eso mismo es «sabiduría y enseñanza» (1,34). La expresión «temor del Señor» no alude, pues, en absoluto a que haya que tener miedo a Dios. Por el contrario, es un modo reverente de indicar la actitud religiosa del hombre ante quien se ocupa de él con tanta solicitud. Cuando en la cuarta parte del Eclesiástico se expongan los motivos de fondo de las enseñanzas prácticas, se hará notar la necesidad del temor del Señor para ser sabio (32,18-33,18).
Quien comienza a poner los medios para progresar en el camino de la sabiduría ha de estar dispuesto a mantenerse fiel al Señor porque no le faltarán las dificultades. Pero tiene motivos de sobra para confiar en Dios. Entre otros, la experiencia de lo sucedido en la historia: «Fijaos en las generaciones pasadas y aprended: ¿Quién confió en el Señor y quedó avergonzado?» (2,11). La quinta y última parte del libro ofrecerá una glosa detallada de esos testimonios (44,1-50,23).
Las ideas que se exponen en estos capítulos preparan el camino para la plena manifestación de la Sabiduría de Dios, realizada en la Encarnación del Verbo tal como se expresa en el Prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1,1-18). A la luz de este texto del Nuevo Testamento se entiende mejor el sentido pleno de algunas de las afirmaciones que aquí se realizan. «Toda sabiduría procede del Señor y está eternamente con él» (1,1), pues «el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1); el Señor «la ha infundido en todas sus obras, en todo viviente, conforme a su generosidad» (1,10a), pues «todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,3-4); y el Señor «la ha comunicado a los que le aman» (1,10b), pues «a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios» (Jn 1,12-13). La Ley dada por Dios en el Antiguo Testamento preparó el camino para la plena manifestación de Dios mismo en quien se encierra toda la Sabiduría: «La Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17). La Carta a los Hebreos, siguiendo la invitación de Si 2,11, invita a contemplar el testimonio admirable de fe que ofrecen los grandes hombres de Israel (cfr Hb 11,1-40).
Los primeros comentaristas cristianos no dejaron de percibir en las frases del Sirácida alusiones a la plenitud de la revelación de Dios en Jesucristo: «El divino Pedagogo [Jesucristo] es digno de nuestra plena confianza, porque posee las tres más hermosas cualidades: el saber, la benevolencia y la franqueza. El saber, porque es la sabiduría del Padre: Toda sabiduría procede del Señor, y con Él está por siempre (Si 1,1); la franqueza, porque es Dios y Creador: Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo (Jn 1,9); la benevolencia, porque se ha entregado a sí mismo como víctima única por nosotros» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 1,97,3).