COMENTARIO
Reflexiones sobre aquello que debemos afrontar y aquello de lo que nos debemos avergonzar. En el centro de estos consejos se encuentra (cfr v. 25) una máxima paradójica de estilo enigmático, que ha sido utilizada por varios Padres de la Iglesia en sus catequesis. Así la explicaba el papa San Gregorio Magno: «Cuando traemos a la mente el mal cometido y nos arrepentimos, sufrimos al momento una pesada y amarga confusión: un torbellino de pensamientos agita el ánimo, lo oprime la amargura, la ansiedad lo devasta, el alma cae en la tristeza (…). Así pues (…), que la aflicción del arrepentimiento perturbe con una justa amargura el atractivo del mal» (Moralia in Iob 4,32).
Por su parte, Nicetas de Remesiana, también recurría a este versículo: «Y que no se avergüence nadie del buen deseo de la santidad, pues los malos no se avergüenzan de perpetrar infamias. Con razón, pues, dice la Escritura en los proverbios: Existe una vergüenza que conduce al pecado. En efecto, sentirse avergonzado de una obra buena es pecado, como el no sentirse confundido de hacer el mal es la perdición» (De vigiliis servorum Dei 3).