COMENTARIO

 Si 5,1-7 

Una de las tentaciones más frecuentes es la presunción, es decir, confiar en exceso. Hay quienes se jactan de tener fortuna, fuerzas físicas e inteligencia para hacer lo que les place, como si fuesen autosuficientes y no hubieran de dar cuentas de sus acciones a nadie. Llegará el momento en que «el Señor hará justicia» (v. 3), advierte Ben Sirac. Pero hay una presunción aún peor, la de quienes se fían en exceso de la bondad de Dios, pecan sin temor, no valoran el arrepentimiento y, si es el caso, dilatan afrontar la conversión confiando temerariamente en la misericordia divina.

Se trata de una actitud ante la que se ha de estar prevenidos, pues en definitiva es reflejo de la fe que uno tiene en Dios. «Está escrito: El Señor que paga es paciente, de ahí que tolere largo tiempo a los que condena para siempre. Unas veces golpea con rapidez, para socorrer con su consuelo la pusilanimidad de los inocentes. Otras veces, Dios, en su omnipotencia, deja que los inicuos prevalezcan por mucho tiempo para limpiar con mayor pureza la vida de los justos. Otras, fulmina al momento a los injustos y conforta con su intervención los corazones de los inocentes. Si golpeara ahora a todos los que hacen el mal, ¿qué quedaría entonces para el juicio final? Y si no los golpease nunca, ¿quién creería que el Señor se ocupa de los asuntos humanos? Así pues, hiere unas veces a los inicuos para mostrar que no deja impune la maldad; tolera otras veces a los malvados largo tiempo para dar a entender, a los que meditan sobre ello, qué juicio les está reservado» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 5,35).

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