COMENTARIO
El maestro da algunos consejos al discípulo acerca del esfuerzo y el tesón necesarios para adquirir la sabiduría.
Primero habla de docilidad y disponibilidad para asumir el trabajo, utilizando diversas imágenes de las labores agrícolas y, en especial, la del yugo (cfr v. 25-26), aunque advirtiendo que no supone una carga insoportable. Estas expresiones encuentran eco en las palabras de Jesús, que invita al hombre a unirse a Él y a encontrar en la ley que Él propone la verdadera Sabiduría y la paz del alma: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).
Después, según la tradición pedagógica del Antiguo Oriente, recomienda dedicar tiempo y atención a aprender de los ancianos frecuentando su trato y siguiendo su ejemplo. Por último, volviendo a una de las ideas que aparecen continuamente a lo largo del libro, concluye con su consejo habitual al discípulo que quiere ser sabio: debe meditar los preceptos del Señor y ejercitarse en sus mandamientos (v. 37). Y es que la verdadera madurez, más que la edad, la da el cumplimiento de la voluntad de Dios: «Has de tener la mesura, la fortaleza, el sentido de responsabilidad que adquieren muchos a la vuelta de los años, con la vejez. Alcanzarás todo esto, siendo joven, si no me pierdes el sentido sobrenatural de hijo de Dios: porque Él te dará, más que a los ancianos, esas condiciones convenientes para hacer tu labor de apóstol» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 53).