COMENTARIO
Continúa el tema iniciado en el apartado anterior, y se enseña ahora que la vida y los bienes de este mundo vienen de Dios, lo mismo que la sabiduría (vv. 11-17). Él es quien favorece a los humildes y les da fuerza para realizar las buenas obras (v. 15), porque —como escribirá San Pablo— «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Flp 2,13). El hombre que cree que todo lo consigue con su esfuerzo sin contar con Dios se equivoca, pues todo le será arrebatado a la hora de la muerte (vv. 18-30). Las palabras de Ben Sirac apuntan a la enseñanza de Jesús en la parábola acerca del hombre rico que confiado en sus bienes sólo piensa en disfrutarlos y le sobreviene la muerte: «Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,21).
Ciertamente, para el autor del libro la prosperidad del pecador es efímera y el pensamiento de la muerte es el mejor antídoto contra el orgullo: sólo al final de la vida es posible hacer balance. «Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 18). En estos versículos finales del pasaje (vv. 28-30) se vislumbran las ideas del autor sagrado sobre estos momentos. Ben Sirac advierte claramente que el Señor recompensará a cada uno según su conducta (v. 28), y, aunque no habla explícitamente de una vida ultraterrena, sí advierte que una vida lograda producirá, en el momento de morir, el sentimiento de que uno ha cumplido su destino, que su existencia ha tenido sentido, que el proyecto trazado ha sido llevado a cabo; uno puede entonces morir en paz. Hasta ese momento cabe la posibilidad de que el hombre tuerza su conducta y reciba el castigo divino (v. 30).