COMENTARIO

 Si 13,1-30 

Muchos buscan las riquezas y el poder con ahínco, como si su posesión proporcionase la felicidad absoluta. Sin embargo, el atractivo de conseguir estas cosas puede inducir a trastocar el orden de valores, prescindir de Dios y cometer injusticias con los demás. Es experiencia común que en el trato con los otros se introducen muchas veces acepciones de personas que llevan a valorar a los hombres que poseen fortuna y a despreciar a quien no tiene nada. Será pues tarea de los hombres de fe ofrecer sugerencias para orientar las relaciones personales en una perspectiva justa, y coherente con la dignidad humana. Lo recordaba un documento del último Concilio Ecuménico «La actividad humana, así como procede del hombre, está también ordenada al hombre. Pues el hombre, cuando actúa, no sólo cambia las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, sale de sí y se trasciende. Si este crecimiento es rectamente comprendido, vale más que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, todo lo que los hombres hacen para conseguir una mayor justicia, una más amplia fraternidad y una ordenación más humana en las relaciones sociales, vale más que los progresos técnicos» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 35).

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