COMENTARIO

 Si 13,31-14,2 

La conciencia moral es un juicio de la razón mediante el cual podemos reconocer si un acto concreto —que se piensa hacer, se está haciendo o ha sido realizado— es justo y recto, o no lo es. Es una voz interior que nos ayuda a percibir si nuestros actos están de acuerdo con la ley divina. La conciencia bien formada aprueba las buenas acciones y reprende las malas, prestando así una gran ayuda para reconocer nuestros pecados y volver a Dios mediante la conversión. Ben Sirac habla de la serenidad y paz que proporciona la tranquilidad de conciencia que posee el que obra bien: se le nota incluso en el semblante alegre (cfr 13,31-32).

Pero incluso el pesar que producen los remordimientos de la conciencia es saludable, ya que ayuda a reconocer que estamos necesitados de rectificación y abre el camino a la felicidad que proporciona la conversión. «Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho —hace notar San Juan Pablo II—. Se sabe que la conciencia no sólo manda o prohibe, sino que juzga a la luz de las órdenes y de las prohibiciones interiores. Es también fuente de remordimiento: el hombre sufre interiormente por el mal cometido. ¿No es este sufrimiento como un eco lejano de aquel “arrepentimiento por haber creado al hombre” que con lenguaje antropomórfico el Libro Sagrado atribuye a Dios; de aquella “reprobación” que, inscribiéndose en el “corazón” de la Trinidad, en virtud del amor eterno se realiza en el dolor de la Cruz y en la obediencia de Cristo hasta la muerte? Cuando el Espíritu permite a la conciencia humana la participación en aquel dolor, entonces el sufrimiento de la conciencia es particularmente profundo y también salvífico» (Dominum et vivificantem, n. 45).

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