COMENTARIO
La introducción doctrinal a la primera parte del libro (1,1-2,23) anticipaba sintéticamente el desarrollo de las principales ideas que lo configuran. Se centraba entonces, de modo más directo, en el Señor, el Único Dios, como origen de la sabiduría. Ahora se avanza un poco más, y en esta segunda parte se explica que al crear sus obras, el Altísimo puso orden entre todas ellas y estableció unas leyes que las rigieran siempre (16,27). En esta primera sección (cfr 16,24-31) se recuerdan algunas enseñanzas de los primeros capítulos del Génesis: la creación fue hecha «en el principio» (16,26a; Gn 1,1); en ella el Señor fue distinguiendo y estableciendo un orden en lo que creaba (16,26b; Gn 1,3-2,3), de modo que todo «era bueno» (16,30b; Gn 1,4.10.12.18.21.25.31), y «cubrió la superficie con toda clase de seres vivos» (16,31a; Gn 1,20-31).
Entre las criaturas sobresale de modo eminente el ser humano, creado a imagen de Dios (17,1; Gn 1,26-2,7). La razón humana, al observar la armonía del universo y de todos los seres que lo pueblan, puede descubrir en él unas leyes y llegar a conocer a Dios (17,1-8). San Pablo, en la Carta a los Romanos, volverá a incidir en la posibilidad de percibir «las perfecciones invisibles de Dios —su poder eterno y su divinidad— (…) a través de las cosas creadas» (Rm 1,20). Además, el hombre ha recibido la ayuda de la Ley divina para orientar su conducta de acuerdo con el conocimiento de Dios que se ha revelado en la historia. La Revelación sobrenatural de la Ley hecha a Moisés muestra con mayor esplendor la sabiduría de Dios (17,9-15).
De ahí procede la consideración de Dios como Juez y del hombre como criatura que debe rendir cuentas a su creador, no de modo meramente exterior, sino íntimo. Es una llamada bien razonada a la vuelta a Dios (cfr 17,16-32). Las ideas de Ben Sirac sobre el sentido de la vida y la muerte son luminosas, aunque sin llegar a la claridad de las expuestas en el Nuevo Testamento. Él es consciente de que el Señor retribuirá a los hombres fieles dándoles el «premio merecido» (17,19), sin embargo no llega a afirmar la existencia de la vida más allá de la muerte (17,25-32). En todo caso, para el autor, lo importante es dar gloria a Dios (17,25-27), y de ahí su llamada a la conversión (17,20.23.28).
La introducción doctrinal a esta segunda sección concluye elevándose, de nuevo, a la reflexión sobre la majestad y magnanimidad de Dios desde la comprobación de la pequeñez del hombre (cfr 18,1-14). Una vez asentada la insignificancia del ser humano, se pregunta Ben Sirac: ¿qué bien puede el hombre reportar a Dios? ¿Qué bien puede hacerle? Dios podría no tener en cuenta al hombre, ni para bien ni para mal. Es una pregunta sapiencial para enfatizar la benevolencia y misericordia de Dios hacia la criatura humana. El autor sagrado no dispone de la última revelación de Dios en Jesucristo; pero desde la contemplación de las misericordias de Dios con Israel le basta para acceder a una antropología que va bien encaminada. San Juan Pablo II hace notar que «estos interrogantes están en el corazón de cada hombre, como lo demuestra muy bien el genio poético de todos los tiempos y de todos los pueblos, el cual, como profecía de la humanidad propone continuamente la “pregunta seria” que hace al hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia de encontrar un porqué a la existencia, a cada uno de sus instantes, a las etapas importantes y decisivas, así como a sus momentos más comunes. En estas cuestiones aparece un testimonio de la racionalidad profunda del existir humano, puesto que la inteligencia y la voluntad del hombre se ven solicitadas en ellas a buscar libremente la solución capaz de ofrecer un sentido pleno a la vida. Por tanto, estos interrogantes son la expresión más alta de la naturaleza del hombre: en consecuencia, la respuesta a ellos expresa la profundidad de su compromiso con la propia existencia. Especialmente, cuando se indaga el “porqué de las cosas” con totalidad en la búsqueda de la respuesta última y más exhaustiva, entonces la razón humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto, la religiosidad representa la expresión más elevada de la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la aspiración profunda del hombre a la verdad y está en la base de la búsqueda libre y personal que el hombre realiza sobre lo divino» (Fides et ratio, nota 28).