COMENTARIO
De nuevo, se recopila aquí, de forma algo revuelta, un conjunto de sentencias y recomendaciones prácticas, que vienen a ser la aplicación de las reflexiones teológicas de la sección precedente (16,24-18,14). De la magnanimidad divina se concluye cómo debe practicar la criatura humana la caridad con sus semejantes (18,15-29) y la necesidad de dominar las propias inclinaciones e instintos (18,30-19,3). Subraya el dominio que hay que tener sobre la propia lengua (19,4-18) y la necesidad de llevar a la práctica la verdadera sabiduría, que consiste en la observancia de la Ley de Dios (19,20-28). Repite ideas ya expuestas con otras imágenes y proverbios: discreción al hablar (20,1-8); las palabras del sabio y del necio (20,9-25); oprobio de ser mentiroso (20,26-28); sentencias varias (20,29-33); recriminación del pecado y la transgresión (21,1-11); diferencias entre sabios y necios (21,12-31); sobre el perezoso y los hijos malcriados (22,1-6); diversos aspectos de la necedad (22,7-22) y de la amistad (22,24-32), con una oración a Dios «Padre y dueño de mi vida» (22,33-23,6). Termina esta sección y la segunda parte de Ben Sirac con unas instrucciones sobre el hablar (23,7-20), cómo evitar la lujuria (22,21-31) y el peligro de la mujer adúltera (22,32-38).