COMENTARIO
En el núcleo de estas llamadas a la prudencia está la recomendación: «Antes de hablar, aprende» (18,19). Aunque pueda parecer una cuestión obvia, es una máxima llena de sabiduría, pues incide en la necesidad de adquirir los conocimientos adecuados para lo que se va a hacer o decir.
La cuestión es delicada, especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia, pues de que se haya puesto el empeño necesario en formarla bien depende el que sea una ayuda para obrar rectamente, o quede adormecida sin lograr orientar rectamente el comportamiento. «La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea “cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito al pecado” (Gaudium et spes, n. 16). Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!” (Mt 6,22-23). En las palabras de Jesús antes mencionadas encontramos también la llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a “transformarse renovando nuestra mente” (cfr Rm 12,2). En realidad, el “corazón” convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de la conciencia. En efecto para poder “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2) sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de “connaturalidad” entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús ha dicho: “El que obra la verdad, va a la luz” (Jn 3,21)» (Veritatis splendor, nn. 63-64).