COMENTARIO
El titulillo «Continencia de alma» viene como tal en algunos manuscritos griegos: de hecho resume adecuadamente las diversas manifestaciones de la virtud de la templanza que se reúnen en estos versículos. En el centro del grupo (19,1) hay una exhortación a cuidar las cosas pequeñas. No es extraño que la tradición ascética comentara este versículo precisamente en relación con las faltas leves: «Por eso está escrito: Quien desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá. En efecto, quien descuida llorar y evitar los pequeños pecados, pierde el estado de justicia no de repente, pero sí progresivamente. Quienes se exceden con frecuencia en los pequeños detalles deben ser amonestados para que caigan en la cuenta de que no es verdad que se peque menos en lo pequeño que en lo grave. Pues, al reconocer más rápidamente la mayor gravedad de un pecado, lo enmendamos con mayor prontitud; sin embargo, el pecado menor, justamente porque lo consideramos como casi nada, se convierte en peor, pues lo mantenemos en uso con mayor tranquilidad. Por eso, sucede a menudo que el alma habituada a males leves, no tiene reparo en los graves, y llega —nutrida de culpas— a cierta autojustificación de su maldad; de modo que, en la medida en que aprendió a pecar no temiendo a los menores, menosprecia el caer en los mayores» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,33).