COMENTARIO

 Si 20,9-33 

La sección se compone de sentencias de sabiduría práctica en las que resulta difícil encontrar un orden. Con todo, hay dos motivos que le dan cierta unidad: las palabras en boca de los necios y de los sabios. Los vv. 9-25 hablan del «necio». El necio, en el lenguaje sapiencial de la Biblia, es el que no tiene suficiente nivel moral. Ante él el consejo de Ben Sirac es: ten cuidado con él, con aceptar sus favores, con hacerle caso cuando habla, o con imitarle. Obviamente, el prototipo de esta conducta es el mentiroso (vv. 26-28).

En los vv. 29-33 cambia el horizonte de los consejos. Si el necio debe callar, el sabio tiene que hablar: su sabiduría es un tesoro, un capital que no puede permanecer inactivo. Dirigiéndose a los pastores, el papa San Gregorio recoge estos dichos para enseñar la responsabilidad de corregir los errores y defectos; pero la doctrina es aplicable a todo cristiano maduro: «Si éstos escondieran el dinero que tengan ante los prójimos necesitados, sin duda se harían cómplices de su calamidad. Por tanto, consideren de qué delito se hacen culpables quienes esconden los remedios vitales para las almas que se mueren cuando no les dan la palabra de la predicación a esos hermanos pecadores. Por eso, cierto sabio dice con razón: Sabiduría escondida y tesoro invisible, ambos ¿de qué sirven? Si el hambre acosara a los pueblos y ellos conservaran escondidos los trigos, sin duda actuarían como cooperadores de su muerte. Por consiguiente, consideren con qué pena deberán ser castigados los que, mientras las almas se mueren a causa del hambre de la palabra, no administran el pan de la gracia que han recibido» (Regula pastoralis 3,25).

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