COMENTARIO

 Si 23,21-38 

Respondiendo a la segunda parte de la oración anterior (23,2-6), Ben Sirac presenta las consecuencias que se siguen de la lujuria. Como un motivo más que ayude a vivir la castidad, recuerda que siempre estamos en la presencia de Dios. Pecar confiando en que nadie es testigo de la torpeza es necio, pues nada escapa al Señor (vv. 25-27). De ahí, que en relación a estos versículos Clemente de Alejandría, contraponiendo lo que se ve externamente y lo que ve Dios, escribe: «Qué miserable es este hombre, que sólo teme los ojos humanos, y que imagina que pasará inadvertido a Dios (…) Porque quizá pasen inadvertidos a la luz visible, pero es imposible que pasen inadvertidos a la espiritual» (Paedagogus 2,99,3-5).

En los vv. 27-28 las versiones latinas cambian algunas expresiones, explicitando más hasta dónde llega la mirada de Dios. La Neovulgata en concreto dice así: «No comprende que su ojo ve todas las cosas, / porque semejante temor humano aparta de sí el temor de Dios (…) / y no se da cuenta que los ojos del Señor, / mucho más luminosos que el sol, / observan todos los caminos de los hombres y lo profundo del abismo, / y ven los rincones más secretos del corazón humano».

A continuación (vv. 32-38) se presenta el caso paralelo, cuando es la mujer quien falta al compromiso conyugal. Si antes se mostraba que el pecado del hombre no escapará al Altísimo, que todo lo ve, ahora se añade que el castigo por el pecado de adulterio de la mujer pasará también a sus hijos (vv. 35-36).

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