COMENTARIO
En la introducción a la primera parte (cfr 1,1-2,23) se adelantaba el contenido de las cinco grandes secciones doctrinales del libro y se trataba especialmente acerca de Dios como único origen de la sabiduría. En la segunda parte (cfr 16,24-18,14) se explicaba que Dios infundió la sabiduría en sus obras, y por eso el estudio de la naturaleza y del hombre es camino para alcanzarla. Se llega así a esta introducción doctrinal de la tercera parte en la que se trata de la Ley y la sabiduría. La novedad de Sirácida, como ya se ha vislumbrado antes, es ésta: la sabiduría no se alcanza sólo por el temor de Dios; ha de acompañarla el cumplimiento de la Ley. La Ley da la sabiduría, o, dicho de otro modo, la sabiduría se ha expresado en lenguaje humano en la Ley.
Muchos autores ven en esta sección el centro del libro. Lo es desde el punto de vista literario —como en muchas obras literarias de la antigüedad donde el argumento principal del libro se situaba en el centro—, pero, sobre todo, lo es por su contenido. Estos versículos contienen uno de los más bellos y ricos textos de la obra de Ben Sirac. Se trata de un elogio que la sabiduría hace de sí misma, proclamando que procede de la boca del Altísimo (v. 5), busca un lugar donde plantar su morada en la tierra (v. 11) y lo encuentra en el Templo de Jerusalén (v. 15). Allí arraigó (vv. 16-23) y desde allí mostró el camino a seguir (vv. 24-31). Se prepara así la identificación de la sabiduría con la Ley de Dios, como a continuación se señalará explícitamente (vv. 32-33).
Esta noción supone una profundización en la concepción de la sabiduría que se había ido manifestando en los libros sapienciales más antiguos. La presente alabanza de la sabiduría recuerda en parte a Pr 8,22-31, pero ahora se reúnen en ella los aspectos sapienciales, cultuales y legales que configuran la tradición religiosa de Israel. Si nos fijamos en la forma en que comienza el libro se observa aquí una polarización desde la universalidad de la creación del hombre a la elección específica de Israel como pueblo elegido, al que se ha dado la Alianza. El esquema mental está configurado sobre todo por el libro del Génesis: en ambas obras, Génesis y Sirácida, hay un proceso de selección y delimitación que va desde la universalidad del género humano, a un pueblo, el de Israel. Por tanto, parece claro que, para el autor, la Sabiduría de Dios se descubre en la revelación a Israel contenida en los escritos sagrados (cfr Prólogo 1-3): la Sabiduría de Dios se ha hecho Ley escrita. El autor del Prólogo del cuarto evangelio (Jn 1,1-18) seguramente tenía estas ideas en la cabeza cuando más tarde afirmó que este recorrido de la Sabiduría no acabó en la Ley, sino que, finalmente, el Verbo, la Sabiduría de Dios, se ha hecho carne (Jn 1,14) en Jesucristo, lo que significa que los hombres encuentran en Él la plenitud (Jn 1,16) de la gracia —de los dones de Dios— y de la verdad (Jn 1,17).
Para terminar esta sección el maestro de Israel habla de su tarea al buscar la sabiduría y enseñarla a sus discípulos, una labor enriquecedora de la que no sólo se beneficia él mismo sino todos los amantes del saber (vv. 40-47). Las versiones latinas introdujeron «la sabiduría» (v. 40) con la intención de aclarar el pasaje, que resultaba algo oscuro. Probablemente esa adición les indujo a añadir otra en el v. 41 («como cauce caudaloso de río»). Con esas inserciones se cambia de matiz el sentido del pasaje. En ambos casos parece más congruente la tradición manuscrita griega, en la que el «Yo» inicial del v. 40 es el mismo autor del libro, que se explicita más en el v. 47. En el marco geográfico de un desierto, en el que un oasis es como la mayor bendición, Ben Sirac considera que, si la sabiduría es como un inmenso río que inunda a Israel, él es un canal que riega modestamente una parcela.
Leídos estos textos a la luz del Nuevo Testamento se aprecia, como en Pr 8,22-31 antes citado, un avance hacia la plena manifestación de la Sabiduría de Dios en Cristo. En efecto, la Sabiduría está íntimamente unida a Dios pero es una persona distinta de Él, que procede de su boca —es su Palabra—. Se prepara así lo que se entenderá más a fondo en el contexto de la teología de la Trinidad. El eco de estas palabras del Sirácida resuena no sólo en el prólogo del Evangelio de San Juan, sino en otros pasajes del mismo evangelio. Por ejemplo, el lector de este texto recordará, al leer el v. 29, las palabras del Señor en el discurso sobre el «pan de vida»: «Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed» (Jn 6,35; cfr 4,14; 7,37).
Como en otros textos sapienciales, la Sabiduría está aquí personificada. Pero, además, se describe con rasgos que la presentan como un modelo ideal, inalcanzable con el solo esfuerzo humano. Por eso, la tradición cristiana los ha aplicado a Jesucristo, y también a la Virgen que es «llena de gracia», y por tanto, don completo de Dios. De ahí que, la devoción a nuestra Señora haya tomado la expresión del v. 24, «Madre del amor hermoso», como una advocación mariana. Lógicamente, el sentido de la expresión en la piedad cristiana es distinto del que tiene el texto original: «Ego quasi vitis fructificavi…: como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. (…) Que esa suavidad de olor que es la devoción a la Madre nuestra, abunde en nuestra alma y en el alma de todos los cristianos, y nos lleve a la confianza más completa en quien vela siempre por nosotros. Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Lecciones que nos recuerda hoy Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia. No es un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 277).