COMENTARIO

 Si 32,18-33,18 

En la introducción doctrinal a esta cuarta parte del libro, Ben Sirac continúa exponiendo sistemáticamente las ideas que desea trasmitir. En la primera (1,1-2,23) se había ocupado de Dios como único origen de la sabiduría. En la segunda (16,24-18,14) hacía notar que el estudio de la naturaleza y del hombre es camino para alcanzar la sabiduría que Dios infundió en sus obras. En la tercera habló de la Ley como fuente de sabiduría (24,1-47). Llega, pues, el momento de exponer con detenimiento algo que ya había apuntado desde el principio, y es que «el temor del Señor es sabiduría y enseñanza» (1,34), o, dicho de otro modo, que el cumplimiento de la Ley, de las normas que el propio Creador ha manifestado, ha de estar motivado por el principio fundamental de reverencia a Dios y de reconocimiento de su bondad; en esto consiste el temor del Señor, que lleva a la sabiduría y a alcanzar la felicidad.

Se explaya Ben Sirac sobre la función del temor de Dios en el aprendizaje de la sabiduría (32,18-33,6), trae a consideración las maravillas de la diversificación de los seres desde su creación (33,7-15), y termina con un apunte autobiográfico, algo inusual en el Antiguo Testamento (33,16-18).

El que «teme al Señor» no es engreído ni se considera capacitado para descubrir por sí mismo toda la verdad ni el modo más adecuado de actuar en todo momento, sino que sabe contar con el parecer de los demás y pide consejo con sencillez para discernir con la ayuda de personas prudentes cuál es la voluntad de Dios (cfr 32,22-26). Por eso, San Gregorio Magno dice que los atolondrados «se adelantan al momento oportuno de hacer una obra buena, echan a perder su valor; y, con frecuencia, llegan a caer en el mal, por no discernir el bien. Éstos no consideran el qué y el cuándo del actuar, aunque normalmente reconozcan que no deberían haber actuado así. A éstos, como si fueran sus oyentes, les dice Salomón: Hijo, no hagas nada sin tomar consejo, así no tendrás luego que arrepentirte de tus actos» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,15).

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