COMENTARIO
Constituye, como de costumbre, una extensa aplicación práctica de la sección anterior de 32,18-33,18. Se inicia con consejos de prudencia humana sobre el gobierno del patrimonio personal y familiar (33,19-24) y sobre el tratamiento de criados y siervos (33,25-33). Después la temática cambia, sin que se vea con claridad una continuidad de pensamiento: advertencia acerca de los sueños y esperanzas vanos (34,1-8); experiencias que se pueden adquirir en los viajes (34,9-21); rectitud de intención en los sacrificios que se ofrecen a Dios (34,22-35,13), porque Dios es justo y mira el interior de las personas (35,14-26). El pequeño tratado moral sobre los sacrificios lleva a Ben Sirac a dirigirse en oración a Dios por Israel (36,1-19), pero se interrumpe bruscamente con unas máximas sobre el discernimiento de los corazones (36,20-28), a las que siguen algunas reglas de prudencia acerca de la consulta a amigos y consejeros (37,1-19) y unas reflexiones sobre el valor de la recta razón y la sabiduría, que quizás indican contacto cultural con el mundo helénico (37,20-34). Tal vez en esta línea está el parágrafo siguiente dedicado al uso lícito de las medicinas y de los médicos, pues también la ciencia médica procede del Altísimo en beneficio de los hombres (38,1-15). Puestos a hablar de la medicina, el autor trata brevemente de no dejarse llevar de la melancolía por los difuntos (38,16-24).
Interesante es el pensamiento de Ben Sirac acerca del uso del ocio y del ejercicio de los oficios manuales, que suelen distraer de la contemplación de las cosas más altas del espíritu (38,25-39), frente al oficio de «escriba», que constante y beneficiosamente se ocupa en meditar la Ley del Señor (39,1-15). El autor, escriba de profesión, entona una alabanza a Dios por esa ocupación suya (39,16-41). Sin duda, las consideraciones precedentes le inducen a reflexionar sobre la mísera condición humana (40,1-11), la esperanza en la caducidad del mal en la tierra (40,12-16) y el honesto disfrute de las cosas placenteras y más valiosas de esta vida (40,17-32). Pero es bueno el recuerdo de la muerte, ante cuya realidad inexorable hay que prepararse (41,1-7), para no caer en la maldición destinada a los impíos (41,8-16). Vienen luego unos consejos acerca de la verdadera y falsa vergüenza, esto es, de qué cosas hay que avergonzarse y de cuáles no (41,17-42,8). Una breve digresión sobre los cuidados con las hijas y las mujeres termina esta cuarta parte del libro (42,9-14).