COMENTARIO

 Si 34,22-35,26 

En estos versículos se recoge la doctrina de Sirácida sobre el culto a Dios. La idea general que domina es que el culto que agrada a Dios no es el mero rito litúrgico, ya que para ser adoración verdadera debe ir acompañada de un comportamiento justo. Comienza el discurso con máximas que recuerdan la doctrina de los profetas sobre la justicia social y el culto (34,22-27).

Más de una de las recomendaciones aquí contenidas ha servido como punto de partida en la predicación de los Padres de la Iglesia para instruir a los fieles en la adoración que agrada a Dios. Por ejemplo, San Gregorio Magno reprende con firmeza a quienes encargan sacrificios con dinero adquirido injustamente: «Éstos también quitan con frecuencia a los pobres lo que ofrecen a Dios. Pero como dijo cierto sabio, el Señor los rechaza con gran indignación (Si 34,24). ¿Qué puede ser más intolerable que la muerte de un hijo ante los ojos de su padre? Con esto se muestra, pues, con qué enfado contempla Dios tal sacrificio» (Regula pastoralis 3,21).

La necesidad de reiterar con fuerza que «derrama sangre quien retiene el salario del jornalero» (34,27; cfr St 5,4) es una exigencia ineludible. En efecto, el trabajador tiene derecho a percibir un salario justo por su trabajo. «El trabajo —hace notar el Concilio Vaticano II— debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común» (Gaudium et spes, n. 67).

Sigue el pasaje con una breve exhortación a la sinceridad del arrepentimiento para que ayunos y oraciones sean verdaderos (34,28-31), y pasa otra vez a tratar de los actos de culto (35,1-13). Ben Sirac no está en polémica contra las ceremonias religiosas, al contrario: la Ley prescribe las ofrendas a Dios, y hay que cumplir la Ley con generosidad (cfr 35,1.10). No obstante, afirma con claridad tres cosas, que introducen un matiz más personal en el culto a Dios: que la limosna es también un acto de culto (35,4), que la vida moral, conforme a la Ley, es ofrenda que Dios recibe con gusto (35,5) y que los sacrificios se deben ofrecer a Dios con generosidad y alegría (35,6-13).

A partir de 35,13, el sujeto de las frases es el Señor. El Sirácida dice quién es Dios —un buen pagador (35,13), juez justo (35,14-19), que retribuye a cada uno según sus obras (35,20-25)— y quién es el escuchado por Dios: el que da con generosidad (35,14), el oprimido (35,16), el huérfano y la viuda (35,17), el que le sirve (35,20), el humilde (35,21). La mayor parte de estas cualidades —tanto las de Dios como las de quien se dirige a Él— las ve el lector del Nuevo Testamento compendiadas en la actitud de Jesús con los enfermos, pecadores y desvalidos.

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