COMENTARIO
La plegaria que se dirige a Dios en favor del pueblo de Israel hace memoria de los beneficios recibidos para impetrar nuevas gracias. No se fija en los méritos que haya podido tener el pueblo, sino que apela a las promesas del Señor y a la manifestación de la gloria que merece.
Éste es uno de los pocos pasajes del libro del Eclesiástico en el que la mirada se dirige a los tiempos mesiánicos, cuando Dios restaure a Israel. La respuesta de Dios sobrepasó las miras de aquellos hombres ya que se sirvió de Israel para hacer llegar su salvación a toda la humanidad: «En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia (cfr Hch 10,35). Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de la revelación plena que iba a hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne» (Lumen gentium, n. 9).