COMENTARIO
Ben Sirac regentaba una escuela (cfr 51,31) en Jerusalén. En esos centros escolares los alumnos no sólo aprendían a leer y escribir, sino que recibían instrucción para todos los aspectos de la vida. De hecho, gran parte del contenido de este libro es muy posible que formase parte de la instrucción que recibirían sus alumnos. En este momento, el maestro se detiene a ponderar la importancia del trabajo de escriba para el que se están preparando. Todos los oficios manuales son importantes para el buen funcionamiento de la sociedad, pero ninguno se puede comparar con las responsabilidades de gobierno y administración de la justicia que corresponden a los escribas (cfr 38,25-39). En la formación de quienes han de ocupar esos puestos de responsabilidad no puede faltar el conocimiento de la Ley de Dios, de las profecías y de los escritos de los sabios (cfr 39,1), que debe ir acompañado por la oración para que Dios les otorgue inteligencia (cfr 39,6-8).
Los versículos finales (39,12-15) expresan la primera retribución que alcanzará el sabio que es fiel a Dios: ya sea por su alabanza en la asamblea, o bien en la memoria de los hombres, o en el eco de sus enseñanzas, de alguna manera su nombre permanecerá por siempre.