COMENTARIO

 Si 44,1-50,31 

El elogio de los antepasados comienza con un breve prólogo (44,1-15) en el que se condensa la doctrina de Ben Sirac. Lo que se dice de ellos es lo que se ha afirmado a lo largo del libro de las personas sabias, fieles a la Ley: estos hombres «dejaron un nombre» (44,8; cfr 41,15-16), frente a los impíos de los que «no ha quedado memoria» (44,9; cfr 41,14); sus «méritos no se han olvidado» y transmitieron una «preciosa herencia» en sus descendientes (44,10-11; cfr 23,35-37); su nombre perdura «por generaciones», en todos los «pueblos» y en la alabanza de «la asamblea» (44,14-15; cfr 39,12-15). Pero estas vidas admirables son, al fin y al cabo, una muestra más de la grandeza de Dios (44,2). En la Iglesia esta misma doctrina se recoge a propósito de los santos. En su memoria le recordamos a Dios que «manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra. Tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino» (Misal Romano, Prefacio de los Santos, I).

A continuación el autor recorre la historia sagrada desde Henoc (44,16) hasta el sumo sacerdote Simón (50,1-23). En realidad, el autor se remonta hasta Adán, porque está en el origen de todos los hombres (cfr 49,19). En el recorrido que hace de la historia del pueblo se deja ver que el autor está cerca de la enseñanza presente en la tradición del Deuteronomio: fidelidad a la Alianza con Dios, cumplimiento de la Ley, único culto en el Templo. Sólo los tres reyes que reciben elogios en la historia deuteronomista —David, Ezequías y Josías— son alabados también aquí (cfr 49,5). Incluso Salomón, a pesar de ser sabio y de haber construido el Templo, puso una mancha en la gloria de Dios (47,22); por eso, de acuerdo con la enseñanza que Ben Sirac ha ido repitiendo, su hijo Roboam fue «el más necio del pueblo» (47,28).

También se recoge en la enumeración el elogio de los principales jueces y profetas. Sin embargo, llama la atención el espacio, un poco desmedido, que se dedica a Aarón (45,7-27). En realidad, el Sirácida no se dedica sólo al elogio de Aarón sino que se detiene orgulloso en la magnificencia de las vestiduras sagradas, subrayando así la reverencia que debe tenerse por los sacerdotes y por el culto. El elogio final del sumo sacerdote Simón (50,1-23) puede tenerse como la culminación de esta loa, ya que de algún modo recapitula cuanto de bueno había aprendido de sus antepasados.

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