COMENTARIO
En la figura de Aarón se ofrece un modelo ejemplar para el cuidado del culto y la atención a su dignidad, que luego será alabada en el sumo sacerdote Simón, hijo de Onías (cfr 50,1-23). Al presentar su figura se describen con detenimiento las vestiduras sagradas, ricas y preciosas, y la abundancia de sacrificios, dignos del esplendor que merece el culto al Señor (vv. 7-18). La catequesis de la Iglesia se fijó en todos estos detalles para aplicarlos no sólo al culto externo, sino también al culto interior que cada cristiano debe dar a Dios con su conducta: «Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu, haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 108).