COMENTARIO

 Is 1,2-39,8 

La primera parte del libro de Isaías se suele denominar también «Isaías I», o «Primer Isaías». Incluye textos proféticos que tienen como marco histórico de referencia la amenaza de los ejércitos asirios sobre Judá y Jerusalén en la segunda mitad del siglo VIII a.C. Tanto en el comienzo como al final de esta parte se habla de Jerusalén como de una «ciudad sitiada» en medio de una región «arrasada por extranjeros» (cfr 1,7-8; 36,1-22).

El texto sagrado relaciona la situación de inseguridad en la que se encuentra el pueblo de Judá ante sus poderosos enemigos con su apartamiento de Dios, pues los israelitas viven al margen de Él, como si ignorasen todo lo que el Señor ha hecho por ellos. Las perspectivas de futuro no son buenas, ya que no se aprecia reacción positiva alguna ante las llamadas del profeta a la conversión. Un gran castigo parece inminente. Sin embargo, queda un resquicio de esperanza, pues un pequeño resto permanece fiel y será como el germen de un pueblo restaurado. De diversos modos se presenta el contraste entre aquellos que —como el rey Ajaz (cfr 7,1-17)— manifiestan desconfianza en Dios y sólo se fían de la prudencia humana para resolver sus problemas, y aquellos que —como el rey Ezequías (cfr 36,1-38,22)— se apoyan en el Señor y, además de empeñarse en buscar soluciones, piden confiadamente la ayuda divina y tienen fe en que Dios traerá la salvación.

En esta primera parte se incluyen piezas proféticas de distinto género y procedencia. Desde las más antiguas resuena el temor ante el poderío de Asiria, que se presenta como vara o bastón con los que el Señor golpea en su furor (cfr 10,5). La amenaza asiria se hace sentir sobre todos los pueblos de la región y llega a las mismas puertas de Jerusalén durante el asedio de Senaquerib con el que se concluye la primera parte del libro.

Las palabras proféticas se estructuran en seis secciones. La primera trata de la amenaza que se cierne sobre Israel y Judá (1,2-12,6), y la segunda contiene los oráculos contra las naciones (13,1-23,18). En la tercera, que de algún modo recoge los fundamentos teológicos de toda la enseñanza expresada en esta parte y se denomina «Apocalipsis de Isaías», se trata del juicio del Señor —soberano del mundo, al que nada escapa— sobre los pueblos; es un juicio que traerá un castigo, pero en el que se abren esperanzas de salvación (24,1-27,13). A continuación se abunda de nuevo en las penalidades que amenazan a Jerusalén por sus culpas, y también ahora se alimenta la esperanza de que la destrucción no será total (28,1-33,24). Después de tornar al tema del juicio del Señor y dar ánimos para aguardar la salvación en una sección que se suele llamar «Pequeño Apocalipsis» (34,1-35,10), esta primera parte culmina con una sección narrativa en la que se habla de la destrucción realizada en Judá por las tropas asirias de Senaquerib, aunque al menos por el momento se salvó de esa gran desolación un pequeño resto, el constituido por aquellos que permanecieron junto con el rey Ezequías en la ciudad de Jerusalén (36,1-39,8).

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