COMENTARIO

 Is 1,2-12,6 

El ministerio profético de Isaías debió de comenzar en los años previos a la guerra sirio–efraimita, llamada así porque los reinos de Siria y de Efraím (Israel), estimulados por Egipto, se aliaron y promovieron campañas bélicas para oponerse al avance de las tropas asirias. Los reyes de Siria e Israel intentaron persuadir a Ajaz, rey de Judá, de que entrase en la liga antiasiria. Ajaz declinó entrar en esa coalición y, en cambio, buscó congraciarse con Asiria para evitar el desastre. El año 734 a.C. Asiria invadió en una campaña fulgurante el reino de Siria, gran parte de Israel y del Líbano, de la costa filistea y de la Transjordania. En los años siguientes afianzó aún más su control sobre esas regiones. Tras la caída de Samaría (722 a.C.) se produjeron las crueles deportaciones de población israelita y la instalación de gentes extranjeras en sus tierras.

El reino de Judá no se vio directamente invadido, pero sufrió graves consecuencias: pago de impuestos y vasallaje a Asiria. Consiguió la paz a costa de muchas cesiones. A la vez, hubo una notable relajación de la justicia y de la vida religiosa. En tales circunstancias fueron pronunciados los oráculos más antiguos contenidos en estos doce capítulos.

La sección comienza con una recriminación por el abandono del Señor sin hacer referencias explícitas a acontecimientos concretos; refleja un momento de grave crisis, con Judá desolada y Jerusalén sitiada (1,2-20), situación que exige una llamada a la purificación de los pecados e infidelidades cometidos (1,21-31). Tras un chispazo de esperanza sobre la gloria que aguarda a Jerusalén (2,1-5), siguen unos oráculos en los que se describe la postración en que ha quedado el pueblo como castigo a su arrogancia (2,6-22). Sin embargo, en medio de tanta inmundicia, ha quedado un germen de hermosura que permite abrigar esperanzas de renacimiento (3,1-4,6). Podría decirse que el núcleo de toda la sección está constituido por la «Canción de la viña» (5,1-7), en la que con una bella alegoría se pondera la atención que el Señor dispensó a su pueblo y la falta de correspondencia que encontró a tales cuidados. A partir de aquí comienzan las alusiones a noticias históricas concretas en el denominado «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6), que viene introducido por el relato de la vocación de Isaías, enviado por el Señor a su pueblo para explicar el sentido de lo que sucedía y lo que cabría esperar (6,1-13). De este modo, el profeta interviene ante Ajaz para que confíe en el Señor (7,1-17) frente a las amenazas de invasión (7,18-25). El terror de Asiria se cierne sobre Israel y Judá (8,1-22), pero se abren perspectivas de liberación (8,23-9,6). Ciertamente habrá un castigo para Israel y Judá (9,7-10,4), pero también para Asiria (10,5-19). Mientras tanto, el «resto» de Israel progresará en el camino del conocimiento del Señor y de la paz (10,20-11,9). La sección termina con un canto de alegría y alabanza al Señor que salva y restaura a su pueblo (11,10-12,6).

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