COMENTARIO
El profeta se lamenta ante la desolación, daño y sufrimientos que pudieron experimentar quienes se apartaron de Dios e increpa al pueblo por su abandono. El Señor, como un buen Padre (cfr 1,2), había cuidado de su pueblo, pero ellos fueron desagradecidos. Cuando se apartaron del Señor quedaron en una situación lastimosa. Judá arrasada y Jerusalén sitiada por los ejércitos de Asiria hacen pensar y mueven a sacar conclusiones. Es el primer mensaje del profeta, que intenta mover a la conversión. No todo está perdido, no ha habido una aniquilación total pues el Señor ha conservado un resto (v. 9), por lo que aún cabe rectificar y tener esperanza en alcanzar la salvación. San Pablo, en Rm 9,27-29, cita el v. 9 en un contexto en el que el Apóstol defiende la elección divina irrevocable de Israel, del que, a pesar de sus pecados, Dios reservará un resto fiel.
El pecado del pueblo, su rebelión contra Dios, no consistió tanto en un interés deliberado por ofenderlo cuanto en «no conocer», «no discernir» (cfr 1,3), que todo cuanto tenían procedía de la bondad del Señor y no de sus propios logros personales.
La situación se repite en la historia y, con frecuencia, lo que debía suscitar acogida y agradecimiento es despreciado. Pero hoy y siempre es posible el triunfo sobre el mal y el pecado gracias a la Redención realizada por Jesucristo al llegar la plenitud de los tiempos (cfr Ga 4,4). «Es costumbre constante de los profetas no sólo anunciar el terrible castigo que deben sufrir los pecadores, sino también el que habrían merecido sufrir, para que en el momento del castigo den muchas gracias a Dios, porque la pena que Él les inflige no es proporcional a sus faltas sino mucho menor (…). Pablo ha expresado la misma idea; y lo hace de una manera más conveniente que el profeta: pues, al igual que en los tiempos del profeta, manifiesta que, si no hubiera sido muy grande la misericordia de Dios, todos habrían sido exterminados. Si no se hubiera manifestado la gracia en el tiempo de la venida de Cristo, todos habrían sufrido una suerte más terrible» (S. Juan Crisóstomo, In Isaiam 1,4).