COMENTARIO

 Is 1,10-20 

Estos versículos de algún modo forman también una unidad literaria redactada según el esquema de «pleito», frecuente en la literatura profética: la exposición de delitos (vv. 10-15) contrasta con la relación de obras buenas, redactadas aquí a modo de exhortación (vv. 16-17), para desembocar en la sentencia final, que en este caso queda reflejada en la actitud del juez, que representa a Dios (vv. 18-20).

El inicio (v. 10) es duro al identificar a los habitantes de Judá con los de Sodoma y Gomorra, ciudades prototipo del crimen y del alejamiento de Dios. Los delitos de los que se les acusan son contra los actos de culto (vv. 11-15), que se describen gradualmente: sacrificios, incienso, festividades, plegarias. La acusación no se dirige contra los actos de culto en sí, pues éstos son los ordenados en el libro del Levítico y por tanto correctos. La malicia que se condena es el formalismo y la falta de coherencia de quienes los realizan, como se desprende de los versículos siguientes. La conducta que Dios exige (vv. 16-17) comprende la conversión sincera, la justicia, la defensa de los débiles: en definitiva, el comportamiento correcto con los demás miembros del pueblo. El Señor en esta especie de juicio se muestra propenso a perdonar, aunque sin negar la posibilidad del castigo (vv. 18-20). La imagen de los colores para indicar el pecado —rojo— y el perdón —blanco— (v. 18) ponen de relieve cómo Dios se complace en los que perdona como un pintor en sus obras.

En la Liturgia se leen algunos textos de esta sección durante el tiempo de Cuaresma (Martes de la Segunda Semana) que estimulan a recapacitar acerca de si se ha tributado a Dios el culto debido, a la vez que invitan a realizar una conversión sincera y profunda. Partiendo de este pasaje de Isaías —entre otros textos de la Escritura—, los escritores cristianos han venido explicando que la religión y la conversión verdaderas comienzan por el interior de la persona y se traducen en su conducta externa. Así escribía uno de los padres apostólicos: «De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de la penitencia diciendo: Por mi vida —oráculo del Señor—, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: “Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: ‘Padre’, os escucharé como a mi pueblo santo”. Queriendo, pues, el Señor que todos los que Él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su omnipotente voluntad. Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e, implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 8,1-9,1).

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