COMENTARIO
Los hombres son arrogantes, confían en sus tesoros, en sus ejércitos y en los consejeros que se han buscado para halagar sus oídos. Sin embargo, cuando comparezcan ante Dios, toda esa altanería se esfumará. Los que confiaban en sí mismos quedarán aterrados ante la majestad del Señor.
El poema es una enérgica llamada de atención a los habitantes de Judá y Jerusalén acerca de sus actitudes, para invitarlos a depositar su confianza en Dios, el único que merece estimación (cfr v. 22). La lección sigue siendo actual, especialmente para aquellos que confiados en el desarrollo de la ciencia y de la técnica y refugiados en el bienestar que poseen, se olvidan de los necesitados y, sobre todo, de Dios. De nada les aprovecharán sus aparentes logros cuando llegue el «día del Señor» (v. 12), «aquel día» (vv. 11. 17.20) en que su Juicio será inapelable. Comentando el v. 9 San Jerónimo escribe: «Podemos decir por analogía que toda opinión contraria a la verdad acabará adorando a los ídolos de sus manos, y se hará ídolos sobre la tierra; y el hombre será doblegado, y el varón será humillado, y no podrá erguirse porque estará atado por el diablo, si el Señor no le endereza, como por ejemplo sucedió con aquella mujer a la que Satanás había dominado durante dieciocho años, para que no pudiera mirar al cielo sino siempre a la tierra» (Commentarii in Isaiam 2,9).
«Aquel día» (vv. 11.17.20) es una fórmula que aparece aquí por primera vez, pero que reaparecerá muchas otras a lo largo del libro de Isaías, para introducir un oráculo escatológico, generalmente referido al «día del Señor». Será el momento de la exaltación definitiva de Dios.