COMENTARIO

 Is 5,20 

Entre las lamentaciones que suscitan los malvados destaca la denuncia profética ante la falsía de los que engañan sin reparos, que mantienen actitudes frívolas ante la verdad. Por ese camino sólo cabe esperar una corrupción cada vez mayor. Desgraciadamente, actitudes análogas no han faltado ni faltan en momentos posteriores de la historia. San Juan Pablo II señala que los mártires, dando testimonio del bien, «representan un reproche viviente a cuantos transgreden la ley (cfr Sb 2,2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: “¡Ay, de los que llaman al mal bien, y al bien mal; de los que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad; que dan lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (Is 5,20). Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades que, incluso en las circunstancias más ordinarias, puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña San Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno”» (Veritatis splendor, n. 93).

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