COMENTARIO
Como introducción del llamado «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6) se sitúa este relato sobre la vocación profética de Isaías, que durante la guerra sirio–efraimita fue enviado por el Señor a su pueblo para explicarles el sentido de lo que estaba sucediendo y dar orientaciones sobre cómo actuar en esas circunstancias.
El relato comienza con una teofanía (vv. 1-4), que constituye uno de los puntos clave del mensaje del libro de Isaías. La manifestación de Dios sentado a la manera de los antiguos reyes orientales, en medio de la corte de seres angélicos —los «serafines»— en actitud de sumo respeto y proclamando la santidad del Señor, pone de relieve la grandiosa majestad de Dios. En esta visión del profeta, Dios es presentado como el tres veces santo (v. 3), máximo superlativo que usa la lengua hebrea. Ser santo implica lo que en nuestras lenguas, con mayor desarrollo conceptual, llamamos transcendencia. Dios transciende, está más allá de todos los otros seres, que son criaturas suyas. Santo, en hebreo, incluye también el concepto de sagrado o sacro. Quiere decir que Dios no se contamina de las limitaciones e imperfecciones de las criaturas, tanto en el orden del ser como en el del obrar.
Ante la santidad y majestad del Señor, Isaías responde con estremecimiento al sentir su propia impureza y la del pueblo (v. 5). Esta sensación de temor es habitual en las apariciones de Dios a lo largo de la historia bíblica, incluso en el anuncio del ángel a Santa María (cfr Lc 1,30: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios»). «Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (cfr Ex 3,5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: “¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Is 6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: “No ejecutaré el ardor de mi cólera… porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo” (Os 11,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 208).
En el momento en que Isaías reconoce humildemente su indignidad e insignificancia ante Dios es purificado y consolado (vv. 6-7). De ese modo, a pesar de aquel primer momento de temor, viene enseguida la respuesta confiada y generosa del profeta ofreciéndose para llevar a cabo la voluntad de Dios (v. 8). «A solas con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios; es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cfr Am 7,2.5; Is 6,5.8.11; Jr 1,6; 15,15-18; 20,7-18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584).
Finalmente, el Señor le encarga una misión. El mensaje que debe transmitir está formulado de modo provocador, mediante expresivas y sorprendentes paradojas (vv. 9-10). En efecto, la tarea que se le encomienda no consiste, como a primera vista podría parecer, en hacer que el pueblo se haga incapaz de escuchar y entender la palabra de Dios que podría moverlo a la conversión. Se trata más bien de explicar a ese pueblo que no prestar atención a la palabra divina produce una ceguera de corazón que impide ver clara la realidad y, como consecuencia, el pecador por sí solo no se siente urgido a recapacitar y cambiar. Los evangelios sinópticos ven cumplidas en la predicación de Jesús las palabras de los vv. 9-10 (cfr Mt 13,13-15; Mc 4,11-12). El Evangelio de San Juan ve también en esas palabras un anticipo de lo que sucedía a quienes rechazaban la predicación de Jesús: «Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías: Les ha cegado los ojos / y les ha endurecido el corazón / de modo que no vean con los ojos / ni entiendan con el corazón ni se conviertan, / y yo los sane. Isaías dijo esto cuando vio su gloria y habló sobre él» (Jn 12,37-41). San Pablo asimismo recurre a los vv. 9-10 para hacer reproches a los judíos de Roma que rechazan la Buena Nueva de la Salvación en Cristo que les anuncia (cfr Hch 28,23-28).
El endurecimiento del pueblo será grave y merecerá un castigo severo, pero no será indefinido. El desastre será tremendo —ciudades y casas devastadas—, pero quedará un germen santo que rebrotará (vv. 11-13). El mensaje de estos versículos sigue vigente para los hombres y mujeres de cualquier época. Isaías manifiesta ante Dios una actitud humilde, de máximo respeto y, al mismo tiempo, llena de confianza. Por su parte, el Señor purifica a sus elegidos y los envía como colaboradores de su obra de salvación. Orígenes, que comentó numerosas veces este pasaje, señala: «Que se me traigan, por tanto, del altar celeste las brasas que quemen mis labios. Si las brasas del Señor tocan mis labios, los purificarán y cuando los hayan así purificado y circuncidado de los vicios (…) abrirán mi boca al Verbo de Dios y no saldrá más de ella una palabra impura (…). El serafín que ha sido mandado a purificar los labios impuros del profeta no ha purificado los labios del pueblo (…); por eso se comportan todavía como impíos, todavía repudian al Señor Jesucristo, todavía lo maldicen con labios impuros. En cuanto a mí, yo le pido al serafín que venga y purifique mis labios» (Orígenes, Homiliae in Isaiam 1,4). Tan sólo hace falta tener la misma actitud de humilde docilidad que mostró Isaías: «Habiendo recibido la gracia de Dios, no ha requerido recibirla en vano, sin hacer uso de ella para cuanto convenía. Viendo a los serafines, viendo al Señor de los ejércitos sentado en su alto y excelso trono, ha dicho: “Ay de mí…”. Al hablar así y hacerse “indigno”, consigue la ayuda de Dios, porque Él acoge su humildad» (ibidem 6,2). Y San Juan Crisóstomo comentando la respuesta de Isaías señala que el profeta se muestra disponible a cumplir su misión entre el pueblo porque «como los santos son amigos de Dios, aman también muchísimo a todos los hombres» (In Isaiam 6,5).