COMENTARIO
La amenaza asiria sigue pesando sobre los habitantes de Jerusalén. No faltaban quienes abogaban por unirse a la alianza antiasiria formada por Resín de Damasco y el rey de Samaría, pero el profeta advierte que aceptar esa propuesta no impediría verse arrastrados por el poderío asirio (vv. 5-8). Todos los acuerdos de los hombres que no cuentan con Dios, fracasarán (vv. 8c-10). En cambio, no hay que tener miedo a poner toda la confianza en el Señor, el único a quien se debe reverenciar (vv. 11-15). El v. 14 es retomado por San Pablo para mostrar que si Israel no encontró la justicia fue porque no la buscó en la fe en Dios, sino como fruto de sus propias obras (cfr Rm 9,31-33). La Carta a los Hebreos (Hb 2,13) traslada las palabras de los vv. 17-18, según el texto griego, a Jesucristo, que ha asumido en su carne los padecimientos propios y de los hombres, que así pueden llamarse sus hermanos. Todas esas consideraciones vienen enmarcadas por textos narrativos (vv. 1-4 y 16-20). El primero (vv. 1-4) alude a una acción simbólica de Isaías: escribir de parte del Señor el nombre de Maher–salal–jas–baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín», e imponer ese nombre simbólico a un hijo suyo. Es decir, los que presionan al rey de Judá para que se unan a la alianza antiasiria serán en poco tiempo presa de los asirios. El segundo (vv. 16-20) recoge la acción de sellar el testimonio, llevada a cabo por el mismo profeta, que equivale a aferrarse a la palabra de Dios que asegura la permanencia del pueblo y de Jerusalén a través, sobre todo, del significado del nombre de sus dos hijos (v. 18; cfr 7,3). Dios es fiel y no puede frustrar a los suyos incumpliendo sus promesas; sería absurdo, además de idolátrico, acudir a nigromantes o adivinos como hacen los paganos (vv. 19-20).