COMENTARIO
Éste es un severo oráculo contra Israel, el reino del Norte. Los territorios de Efraím y Manasés, y la capital Samaría, sufrieron la acometida de sus enemigos, pero sólo fue el comienzo de los acontecimientos trágicos que terminarían con el derrumbamiento total del reino (cfr 2 R 15,17-38).
En cada una de las estrofas se repite por tres veces el mismo estribillo: «A pesar de todo, no se ha calmado su ira, y su mano continúa extendida» (9,11.16.20 y 10.4). Se insiste, pues, dramáticamente en el gran castigo que se cierne sobre ellos debido a su impiedad, y a que no se han convertido. El oráculo comienza por tratar de una invasión provocada por la soberbia del pueblo a manos de los arameos y filisteos (9,7-11), para seguir con la descripción de la falta de arrepentimiento en los responsables del pueblo, que conllevará un castigo del que ni siquiera los más débiles —los que en otras ocasiones son los predilectos de la misericordia y amor de Dios— escaparán (9,12-16). A continuación describe la confusión reinante entre el pueblo y las guerras fratricidas que lo asolan (9,17-20), para terminar lamentándose de los legisladores injustos y de los que son culpables de la injusticia social (10,1-4).