COMENTARIO
El profeta ve en las actuaciones de los asirios una manifestación del gobierno de Dios sobre las naciones: Asiria ha sido el instrumento del que el Señor se ha valido para corregir la infidelidad de su pueblo (cfr vv. 5-6). Tomando pie en este pasaje de Isaías y en otros de la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica explica: «Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura, atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cfr Is 10,5-15; 45,5-7; Dt 32,39; Si 11,14)» (n. 304).
Sin embargo, Asiria se excedió en sus funciones tratando a Judá como a las naciones paganas; no se imaginó que su fortaleza era prestada por Dios y se llenó de orgullo por su propio poderío —el v. 9 recoge una lista de ciudades importantes conquistadas por los asirios— (vv. 7-11). Por eso, en su momento, el Señor los juzgará y humillará su soberbia (vv. 12-18). No quedará de aquella más que un resto insignificante (v. 19).
Hay aquí una llamada a reconocer a Dios como Señor de la historia y a ser dóciles a sus planes (cfr vv. 15-16), a la vez que se condena el pecado de orgullo, que lleva a arrogarse lo que pertenece a Dios y a ponerse en su lugar. Por eso, en sentido espiritual, Orígenes ve en el v. 10 una imagen de la arrogancia de todo pecador: «Cada uno se hace un dios de lo que le parece bien y sirve al pecado, sujeto a la maldición, haciendo una estatua, fundiendo la obra de las manos de un artesano y poniéndola en secreto. Y ciertamente en el secreto del corazón construimos muchos ídolos cuando pecamos» (Homiliae in Isaiam 8,1).