COMENTARIO
En contraste con el resto insignificante de Asiria (cfr 10,19), el «resto» de Israel se salvará y estará lleno de vitalidad (cfr 4,3; 7,3). No es un residuo de algo llamado a desaparecer, sino una cepa que fue podada y que al rebrotar en el momento oportuno será hermosa y dará fruto abundante.
Desde luego, las palabras del profeta son claras y advierten a Judá de lo que le espera: un castigo ejemplar (vv. 20-23), al que sólo sobrevivirán los que se apoyen en el Señor y no en quien los hiere (v. 20), es decir, los que hagan caso a lo que el Señor advirtió a Ajaz por medio de Isaías: «Si no creéis —esto es, si no os apoyáis en Dios—, no subsistiréis» (7,9). La invasión va llegando desde el norte y arrasando cuantas ciudades hay entre Samaría y Jerusalén (vv. 27-32), pero Judá puede aguardar con paciencia esos momentos amargos, ya que sólo durarán un tiempo y después el Señor intervendrá a favor de su pueblo, como lo había hecho con sus padres en otros momentos anteriores de dificultad (vv. 33-34).
El v. 22 es citado explícitamente por San Pablo en Rm 9,27 (según la versión de los Setenta) en apoyo de las reflexiones del Apóstol acerca de la elección de Israel y la vocación de los gentiles a la salvación dentro del misterio de la predestinación.