COMENTARIO

 Is 11,10-12,6 

La primera gran sección del libro de Isaías (1,2-12,6), que había comenzado describiendo un momento de crisis profunda, con Judá desolada y Jerusalén sitiada (1,2-23), termina ahora con palabras de alegría y alabanza al Señor, que salva y restaura a su pueblo. Tras los malos momentos, las infidelidades del pueblo, las severas advertencias del profeta, el terror y destrucción sembrados por los ejércitos extranjeros, sobrevivirá un «resto» que retornará triunfante y jubiloso a la tierra que Dios le había otorgado. Las cuatro estrofas que componen esta pieza dirigen la mirada hacia «aquel día» (cfr 11,10.11;12,1.4), situando así el cumplimiento glorioso de las promesas de salvación en una perspectiva escatológica. Las dos primeras podrían ser una adición de la época persa (siglo V a.C.), cuando ya habían vuelto los exiliados de Babilonia, pero quedaban muchos judíos dispersos en otras naciones.

El Señor, que había extendido su mano para castigar las infidelidades (cfr 5,26; 9,11.16.20; 10,4), la volverá a extender para rescatar a su pueblo (cfr 11,11) de todos los países donde fueron dispersados —Patrós se refiere al alto Egipto; Elam a la antigua región del sudoeste de Irán; Sinar a Babilonia; Jamat a una ciudad de Siria; las islas del mar especialmente a los pueblos del mar Egeo— y para restablecer la unidad entre las tribus. Todos experimentarán la cercanía de Dios en su camino de retorno, como la experimentaron sus antepasados cuando salieron de Egipto para emprender el camino a la tierra prometida (cfr 11,11-16).

La Iglesia se ve reflejada en ese «resto» que ha conocido y experimentado la salvación de Dios y se siente llamada a llevar el testimonio de su alegría a la humanidad entera. «Por ello —dice el Concilio Vaticano II—, todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos un espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la obra de evangelización. Sepan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Así, su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como signo levantado entre las naciones, luz del mundo (Mt 5,14) y sal de la tierra (Mt 5,13)» (Ad gentes, n. 36).

El sentido de la protección divina sobre la Iglesia y sus hijos es constante en la conciencia cristiana: «La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (cfr Is 11,12). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).

Los vv. 12,1-6 son como un breve salmo de acción de gracias y alabanza a Dios, digno colofón del ciclo de profecías o «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6). En el centro del himno está la «salvación» (vv. 2.3) prometida por Dios, el Santo de Israel (v. 6; cfr 6,3), en estos capítulos. San Jerónimo escribe: «De aquel a quien antes llamara Enmanuel, dice después que quita los expolios y corre a entregar el botín, y le da otros nombres para que no parezca que es otro del que Gabriel anunció a la Virgen (cfr Lc 1,31). Ahora le llama Salvador y proclama que han de beberse las aguas de sus fuentes» (Commentarii in Isaiam 12,1). Y San Cirilo de Alejandría, por su parte, identifica estas fuentes con el mismo Cristo: «El agua es la palabra vivificante de Dios, las fuentes son los apóstoles y evangelistas y los mismos profetas: pero sobre todo la fuente de la salvación es Cristo» (Commentarius in Isaiam 12,3).

Las palabras del v. 3 dieron título a la encíclica que el Papa Pío XII dedicó a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: «Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal. Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: Toda dádiva buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces (St. 1,17), razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo Él del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él (Jn 7,37-39)» (Haurietis aquas, n. 1).

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