COMENTARIO

 Is 13,1-14,23 

Los dos primeros oráculos (13,1-22 y 14,4-23) se dirigen contra Babilonia. Son posteriores a muchos otros de la sección, pero como el destierro a este lugar fue el de mayores proporciones y consecuencias que padeció Judá, tal vez por eso aparecen en primer lugar. Habría que fechar estas piezas hacia el final del imperio babilonio, cuando todavía éste gozaba de la gloria (13,19) que más tarde perdió por completo (13,20-22). Entre ambos oráculos, un breve apartado en prosa explica su sentido: el Señor tendrá misericordia de su pueblo, le dará reposo y el pueblo de Israel se impondrá sobre quienes lo habían oprimido (14,1-3).

En 13,1-22 se anuncia la destrucción de Babilonia a manos de los medos (13,17), pueblo que se unió con los persas contra ésta. El profeta vaticina que los medos serán el instrumento en las manos de Dios que desolará el territorio babilónico. Con imágenes crudas se describe la severidad del «día del Señor» (13,6), es decir, del día en que se ejecute el castigo. Tras el anuncio de este día (vv. 2-8), se proclama que en él participarán hasta los astros (vv. 9-13) y será terrible y cruel el fin de Babilonia (vv. 14-22).

14,4-23 constituye un poema satírico contra el rey de Babilonia, ya derrocado (vv. 5-21), seguido de un colofón en prosa (vv. 22-23). Ambas piezas pueden referirse a cualquier rey de Babilonia. «Monte de la reunión» y «confines del septentrión» (14,13) son alusiones a la concepción mítica babilónica de la morada de los dioses.

En 14,12 Isaías se refiere al rey de Babilonia como «lucero», traducido en latín, a partir del griego, por lucifer, «el que lleva la luz», es decir, el planeta Venus, que precede y acompaña la salida del sol. Las palabras de Jesús en Lc 10,18: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo», quizá hacen alusión a este pasaje de Isaías, indicando la derrota del diablo como consecuencia de la instauración del Reino de Dios. Por eso los Padres de la Iglesia vieron en estos dos textos una señal del fracaso del diablo en su rebelión contra Dios. Desde la Edad Media la palabra «Lucifer» se convirtió en uno de los nombres del demonio. Siguiendo esta interpretación en la que el «sheol» (14,15) se entiende como el lugar de los condenados, San Bernardo pondera el espanto del infierno para mover a la conversión, mientras es posible: «Señor, ¡que diferencia entre un manto de piedras preciosas y otro de gusanos, entre las delicias del paraíso y la tiña del infierno! Sé muy bien que ese fuego está reservado para el diablo y sus ángeles, y para los hombres que son como ellos. Aquello es un eterno consumirse, una muerte interminable, un tormento inacabable. Desciende, pues, ahora en vida al infierno: recorre con los ojos del espíritu estos antros de dolor, y escapa del crimen y del vicio que causaron la muerte a los malvados y pecadores. Odia la iniquidad y ama la Ley del Señor, y en estos mercados tan espantosos compra el odio al pecado» (Sermones de diversis 42,6).

Volver a Is 13,1-14,23