COMENTARIO
Este breve oráculo contra Asiria va en la línea de las invectivas contra ese imperio ya aparecidas ocasionalmente en los caps. 7 a 12: el Señor destruirá a Asiria. Esta potencia debía ser sólo —dice el Señor— «la vara de mi cólera» (10,5), pero se ha extralimitado en su crueldad, se ha atribuido a sí misma, a su propia fuerza, el éxito de sus empresas. No ha reconocido la soberanía de Dios sobre el mundo, sino que ha pretendido suplantarle: ahí está su culpa y su castigo.
El oráculo, por encima de las circunstancias históricas concretas en que fue proferido, tiene valor perenne y es una advertencia para que aprendamos a contar con Dios en nuestras decisiones. «Si fuéramos montes de Dios (cfr v. 25), los fundamentos de Él estarán en nosotros, para así asentar la palabra de verdad en nuestros corazones y edificar las buenas obras en la fe. Es necesario que renunciemos de verdad al pecado para que nuestra cerviz sea liberada del yugo de los asirios y podamos ser borriquillos de Cristo. Pues no podemos imponer a nuestra cerviz un doble yugo, el de Cristo y el asirio» (S. Basilio, Enarratio in Isaiam 14,284).