COMENTARIO
Quizá la memoria de Etiopía (cfr 18,1-7) ha dado la oportunidad de hablar de Egipto. Se alude a muchos detalles geográficos, religiosos y culturales del país del Nilo: a algunas ciudades (Soán [vv. 11.13] es más conocida por Tanis, en el delta del Nilo; Nof [v. 13] es Menfis; la Ciudad del Sol [v. 18] era Heliópolis, cuyas majestuosas ruinas están hoy en las afueras de El Cairo); a los brazos y canales del gran río y a sus cultivos; a sus sabios, ídolos, sacerdotes y adivinos.
En el primer oráculo (vv. 1-15) se ridiculiza la proverbial sabiduría egipcia (vv. 11-13) y se dibuja un país en descomposición irremediable, sin que sus ídolos le presten protección alguna.
Con ocasión de este vaticinio se añaden seis breves oráculos en prosa, de un tono distinto, que comienzan por la expresión «aquel día» (vv. 16-17.18.19-20.21-22.23.24-25). En ellos se muestra la dimensión universal de la salvación ofrecida por el Señor, que abarca la reconciliación de Egipto, Asiria e Israel con Dios y culmina con la bendición divina de los tres pueblos. El mensaje llega a ser emocionante: Dios es Señor de las naciones y del tiempo. Dirige sus designios inescrutables a través de los sucesos de la historia humana, que confluyen en un final pacífico y feliz, en que los pueblos le adorarán como el verdadero Dios en su heredad predilecta, Israel.