COMENTARIO
El oráculo parte de una visión sobre el asalto a Babilonia por parte de los elamitas y los medos, que ocupaban las regiones del actual Irán y que formaron el gran imperio persa. Habría que datarlo probablemente poco antes del 539 a.C.
El ataque pilla por sorpresa a los magnates babilonios (vv. 1-5). La visión describe el descuido de éstos y su parsimonia en la organización de los banquetes con cuatro infinitivos («preparar, disponer, comer, beber»), mientras las tropas invasoras están ya a las puertas. De pronto se oye el grito de alarma: «Levantaos», y la preparación inmediata para el combate: «Dad grasa al escudo» (v. 5), para que las armas del enemigo resbalen. Pero será tarde.
Por otra parte (vv. 6-9) el profeta recibe la orden de mantenerse vigilante, a la espera de que llegue a conocer que la palabra del Señor se ha cumplido. Debe estar atento, prestando atención a cualquier caravana (v. 7) que pueda traer la noticia de la destrucción de Babilonia. Por fin, el anuncio —que más tarde será recogido en el Apocalipsis de San Juan para proclamar el final de la Babilonia que simbolizaba a Roma (Ap 14,8; 18,2)— es traído por dos jinetes (v. 9).
La caída de Babilonia es motivo de gran alegría para Israel —al que se denomina «hijo de mi era» (v. 10)—, es decir, para los habitantes de Judá y Jerusalén que habían sido deportados en aquellas tierras (vv. 8-10).