COMENTARIO
El «Gran Apocalipsis» (24,1-27,13) culmina con la convocatoria del juicio del Señor para «pedir cuentas del pecado» a la humanidad entera (26,20-21; cfr Ap 3,10; 6,10). Se reúnen cuatro oráculos que comienzan solemnemente evocando «aquel día» (27,1. 2.12.13).
En el primero (27,1) se trata simbólicamente del castigo que sobrevendrá a los pueblos que han oprimido a Israel. «Leviatán» designa, según los antiguos, un monstruo marino, una especie de serpiente o dragón, que personificaba el caos de las aguas y encarnaba las fuerzas maléficas enemigas a Dios (cfr Job 3,8). El primer Leviatán alude a Asiria, el segundo Leviatán probablemente a Babilonia y el «dragón marino» a Egipto.
En contraste con ese castigo, el segundo oráculo (27,2-11) habla a favor de Israel con la alegoría de la viña que ya había sido utilizada en otro pasaje (5,1-7). A diferencia de aquel canto de la viña, en que se reprochaba la falta de fruto a pesar de los cuidados que le había dispensado el Señor, ahora, una vez que ha sido restaurada, el Señor la defenderá (27,2-5), y dará frutos aunque la viña haya tenido que pasar por duras pruebas para ser purificada (27,6-11). El v. 27,9 es aducido por San Pablo para anunciar la conversión final de Israel (cfr Rm 11,25-27).
Los dos últimos oráculos anuncian el futuro esperanzador de Israel (27,12-13). Por dos veces se habla de la llamada a los hijos de Israel dispersos entre las naciones, que serán recogidos de los países adonde fueron deportados, y vendrán a postrarse ante el Señor en Jerusalén. «Desde el Río hasta el torrente de Egipto» (v. 12): es decir, desde el Éufrates hasta, seguramente, el Wadi–al-Arish (que desemboca en la costa norte de la península del Sinaí). Son las fronteras ideales de la tierra de Israel.