COMENTARIO
La primera lamentación u oráculo de los «¡Ay!» se dirige a los guías del pueblo, que —como borrachos carentes de sentido— no se dan cuenta de las obras que Dios realiza y sus discretos pero eficaces modos de actuar. Se divide en dos piezas de condena, una contra el reino del Norte (vv. 1-6) y otra más desarrollada contra el del Sur (vv. 7-29).
La primera pieza (vv. 1-6) es un juicio contra Efraím, que simboliza a todo el reino del Norte. Como ya lo habían hecho otros profetas (cfr Am 4,1; 6,4-6 y Os 7,5), Isaías recrimina a sus habitantes por estar ebrios, ufanos de la seguridad que tienen de sí mismos. Les advierte de la amenaza de la invasión de Asiria. El personaje «fuerte y poderoso» (v. 2) al que se alude es, posiblemente, el rey asirio Sargón que tomó Samaría y puso fin al reino de Israel. Isaías contrasta la «corona» de borracho que se ponen los orgullosos (vv. 1.3) con la «corona gloriosa» (v. 5) que será el Señor para el «resto» que le ha permanecido fiel.
La segunda pieza (vv. 7-29) es un juicio contra Jerusalén, pormenorizado en tres diatribas. La primera va dirigida contra los sacerdotes y los falsos profetas que engañan al pueblo (vv. 7-13). Isaías se burla de ellos (v. 10) diciendo cómo suenan sus palabras a los oídos de la gente: como el balbuceo de los niños que empiezan a hablar, o como las palabras sin sentido de los borrachos. (Teóricamente se podrían traducir por: «Precepto y más precepto; precepto y más precepto; regla y más regla; regla y más regla; un poco aquí; un poco allí», pero es más probable que sólo estén tratando de imitar el sonido de palabras inconexas.) Dios se reirá de ellos y les hablará también con su propio lenguaje incomprensible (cfr v. 13). En concreto el v. 11 es esgrimido por San Pablo para prevenir a los cristianos del abuso del don de lenguas (cfr 1 Co 14,20-22).
La segunda diatriba (vv. 14-19) está dirigida a los malos gobernantes y consejeros. Confían en la mentira, que los arrastrará a la muerte. En cambio, el Señor ha puesto en Sión una roca firme que proporciona apoyo seguro: el derecho y la justicia (cfr vv. 16-17). La «piedra probada, angular, preciosa» (v. 16) ha sido interpretada en sentido mesiánico y cristológico desde muy antiguo. En los documentos de Qumrán hallados junto al Mar Muerto esta piedra es la comunidad; en el targum o versión aramea es el rey Mesías. En el Nuevo Testamento son muchas las alusiones al sentido cristológico de la piedra angular: unas veces citando el Salmo 118,22 (Mt 21,42), otras en la explicación de la Iglesia como edificación de Dios (1 P 2,4-8). Como piedra de tropiezo (cfr 8,14) es mencionada en esa misma carta de San Pedro (1 P 2,8) y en Rm 9,33 a propósito del escándalo que la predicación de San Pablo producía en algunos judíos.
La tercera (vv. 20-29) mira al pueblo entero; adquiere un tono de singular seriedad y advierte que cuando el Señor actúa no es momento de burlas sino de prestar atención. El profeta explica el modo de actuar de Dios, pausado y discreto pero eficaz, con la parábola del agricultor. Se comparan las acciones, a veces duras, de Dios con su pueblo a las del labrador con la tierra que cultiva. Constituye una doctrina de la cuidadosa providencia divina, que prepara un pueblo digno a través de enseñanzas, premios y castigos. Es una reflexión también sobre los «signos de los tiempos», que siempre hemos de aprender las criaturas humanas, y que nos resultan más difíciles cuando nos sobrevienen tribulaciones que no sabemos o no queremos entender. Las labores agrícolas son utilizadas con frecuencia como punto de partida para conocer el obrar de Dios. Así ocurre, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, en la parábola del sembrador (Mt 13,1-23 y par.).