COMENTARIO
La promesa de paz duradera es el objetivo de este oráculo que abre horizontes mesiánicos a los habitantes de Jerusalén. El rey futuro, identificado seguramente con el anunciado en el «Libro del Enmanuel» (cfr 9,6; 11,4), garantiza la justicia y la protección ante los enemigos de fuera y de dentro (vv. 1-8). Tras las desventuras que sufrirá la ciudad santa, en la que las antiguas fortificaciones (Ofel y Baján) quedarán arrasadas, las mujeres vanidosas, símbolo de una sociedad que se funda en las propias fuerzas y vive al margen de Dios (cfr Am 4,1-3), serán con su conversión signo de la nueva etapa (vv. 9-14). Finalmente, la efusión del Espíritu sobre todos (vv. 15-20), como también se había anunciado sobre el futuro rey (cfr 11,2), es prenda de que la paz y la seguridad han de permanecer porque están fundadas en la justicia (v. 17; cfr v. 1): «La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce sólo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una dominación despótica, sino que se llama con exactitud y propiedad la obra de la justicia (Is 32,17). Es el fruto del orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador y que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en cuanto a sus exigencias concretas está sometido, en el transcurso del tiempo, a continuos cambios. Por ello, la paz nunca se obtiene de modo definitivo, sino que debe edificarse continuamente» (Gaudium et spes, n. 78).