COMENTARIO
El juicio divino expresado aquí en lenguaje sapiencial (vv. 7-16) abre el horizonte a la restauración, cantada en un magnífico himno a la Jerusalén ideal (vv. 17-24). El castigo se refleja en la desolación de los habitantes de Jerusalén y de las demás regiones del país (Líbano, Sarón, Basán y el Carmelo), célebres por su riqueza y fertilidad (vv. 7-9; cfr 35,2). Sin embargo, en Sión sólo los pecadores han de temer (v. 14), porque los virtuosos estarán a salvo (vv. 15-16). La doctrina sobre la retribución individual, que aparecerá con más claridad en Jeremías y Ezequiel, se vislumbra ya en este texto. Con todo, la última palabra será una restauración del país, especialmente visible en Jerusalén. El profeta deja correr su imaginación y describe un país enorme, gobernado directamente por el Señor (v. 17), donde hay serenidad y calma, sin arrogancias. Jerusalén será una ciudad frondosa y bien regada (v. 21), donde todo marchará bien, porque Dios mismo ha asumido las funciones de gobierno (v. 22).
San Cirilo, comentando el v. 22 a la luz del Evangelio, muestra la confianza que debemos tener en el Señor contra las asechanzas del demonio: «Después de que hemos sido redimidos por Cristo y habitamos su santa tienda, es decir, la Iglesia, nos beneficiamos de las palabras de los Evangelios y de los Apóstoles, y nos atrevemos contra el que antiguamente prevalecía sobre nosotros, porque Cristo guardará nuestros corazones (…). ¡Sí, tenemos que tener ánimo! Pues mi Dios es grande y no me abandonará; es decir, Satanás no se adueñará de mí como antes. No estaré bajo sus pies, pues el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro jefe, el Señor es nuestro rey, el Señor nos salvará. Antes el diablo era nuestro jefe obstinado y cruel. Después de que nos hemos puesto bajo el yugo salvador del Evangelio, tenemos un juez, jefe y rey, el Señor, el Hijo, y Él nos salvará» (Commentarius in Isaiam 33,22).