COMENTARIO
El rey Ezequías, consternado pero lleno de fe y confianza en el Señor, sube al Templo a orar y envía a sus consejeros a consultar al profeta Isaías. Éste responde de parte de Dios con palabras tranquilizadoras (vv. 6-7). Senaquerib envía otra embajada, que reitera las amenazas y añade palabras de desprecio para la fe de Ezequías en el Señor, considerando al Dios de Israel igual que a los dioses de otras naciones vencidas por él (vv. 8-13). De nuevo Ezequías sube al Templo y dirige a Dios una oración suplicante y piadosa (vv. 14-20), en la que confiesa la unicidad de Dios, creador de todas las cosas, y explica por qué esas naciones han sido derrotadas: no tienen al verdadero Dios. Es una súplica que resuena en la oración de los cristianos de Jerusalén en torno a los Apóstoles que transmite San Lucas (cfr Hch 4,24-26). Isaías toma la iniciativa y envía al rey un oráculo en el que le ratifica, de parte de Dios, que los asirios no entrarán en Jerusalén (vv. 21-35). Senaquerib, en efecto, levanta poco después el campamento y se retira, como consecuencia de una intervención divina que hace estragos en su ejército (v. 36). Se informa también de su muerte, que acaeció el 681 a.C. El relato destaca la figura de Ezequías como modelo de rey que antepone los planes de Dios a sus proyectos personales.
El bello oráculo de Isaías (vv. 21-35), que corresponde a los vv. 6-7, descalifica y satiriza la arrogancia del rey asirio y manifiesta la protección de Dios sobre Jerusalén, a la que se refiere al principio y al final (vv. 22.33-35). Tras aludir brevemente a la ciudad santa, escarnecida por Senaquerib (v. 22), el oráculo se dirige contra éste sin mencionarlo explícitamente. Condena su lenguaje blasfemo contra «el Santo de Israel» y el orgullo de equipararse con Dios mismo, el único que puede de verdad «secar» los canales de Egipto (vv. 23-25). Afirma a continuación que Senaquerib en su arrogancia no se dio cuenta de que sus victorias formaban parte del plan de Dios (cfr 10,5), al que nada se le escapa (vv. 26-28). Por eso llega el momento de castigar a Asiria y someterla como se somete a un toro o a un caballo salvaje (v. 29). Seguidamente el oráculo se dirige a Ezequías y a todo el pueblo de Jerusalén, a quienes se les ofrece una señal de la bondad de Dios: después de un tiempo de prueba vendrá la prosperidad (v. 30) en la que un resto providencial llevará a cabo la misión salvífica (vv. 31-32). Finalmente se ratifica que Senaquerib no conquistará la ciudad (vv. 33-34), en atención al honor de Dios y al de David, su siervo (v. 35; cfr 2 S 7,4-16; Sal 132,10-12). Se subraya así el papel de Jerusalén como instrumento de salvación.