COMENTARIO

 Is 39,1-8 

Con este breve relato se termina la primera parte del libro de Isaías. La actitud piadosa y leal de Ezequías se cambia ahora por una actitud de poca confianza en Dios, que llevará consigo un terrible castigo: el destierro de Babilonia, marco histórico en el que se situarán los oráculos de la segunda parte del libro, caracterizados por el anuncio de la consolación al pueblo.

Merodac-Baladán (Marduc-Apla-Iddina) reinó en Babilonia del 721 al 711 a.C., año en que fue depuesto por Sargón II, rey de Asiria (721-705). Tras la muerte de éste retornó brevemente al trono desde el 703 hasta 702. La embajada de Merodac-Baladán debía de tener como finalidad alcanzar una alianza con Judá contra Asiria. Ezequías actúa de modo imprudente, mostrando su poderío en caso de tener que luchar contra Asiria, por lo que es reprendido por Isaías con el anuncio de la devastación y deportación con que Babilonia someterá a Jerusalén (587 a.C.). El texto lleva implícita la lección: los cálculos meramente humanos para asegurar el curso de la historia a gusto de uno son inútiles; hay que creer y obedecer a lo que dice Dios, Señor de la historia.

Los Santos Padres entendieron que el rey Ezequías pecó de vanidad y soberbia, dejándose llevar por la ostentación y advertían de los riesgos de un mal uso de la riqueza: «Los vicios que acompañan a las riquezas se condenan también en el Evangelio con aquel ¡Ay de los ricos!, porque ya recibisteis vuestra consolación de este mundo, es decir, de las riquezas, de su gloria, de los frutos mundanos. Como se dice en el Deuteronomio: No vaya a ocurrir que al comer y saciarte, construir hermosas casas, al crecer tus vacadas y tus rebaños, al abundar en plata y oro, se engría tu corazón y te olvides del Señor tu Dios (Dt 8,12), como le ocurrió al rey Ezequías, envanecido por sus tesoros, que se glorió de ellos en vez de Dios ante los embajadores persas y fue reprendido por Isaías» (Tertuliano, Adversus Marcionem 4,15).

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