COMENTARIO

 Is 42,14-25 

De nuevo, el profeta pretende levantar la esperanza de los exiliados con el anuncio de una intervención divina portentosa (vv. 15-17). Llega el momento en que se rompe el silencio de Dios, mantenido durante mucho tiempo. La imagen de los gritos de la parturienta (v. 14) indica gráficamente que la restauración, la llegada del nuevo pueblo, es inminente.

El profeta amonesta a Israel para que no piense éste que su Dios es ciego y sordo, que no se da cuenta de la opresión de su pueblo. El ciego y sordo es Israel, que no entiende ni escarmienta de los correctivos que le envía su Dios para que se convierta a Él y lo salve (vv. 18-25). Hasta ahora el pueblo, elegido como siervo y mensajero, no ha comprendido al Señor. Ha llegado el momento de salir de la incapacidad de escuchar lo que Dios dice o de ver lo que Dios hace. El Señor está dispuesto a actuar, e intervendrá para librarlo y castigar a sus opresores (v. 17). «Alegrémonos de la misericordia del Señor y temamos el juicio del Señor —dice San Agustín comentando este pasaje—. Perdona, pero no se calla. Si ahora está callado, no siempre callará. Escúchale mientras está callado y no habla, no sea que ya no puedas oírle cuando no se calle en el juicio» (S. Agustín, Sermones 9,1).

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