COMENTARIO
El pasaje en su conjunto es una proclamación de la unicidad del Señor, a quien nada ni nadie se le puede comparar. Los demás que son llamados «dioses» no son nada. Siguiendo el esquema procesal repetido en esta parte del libro, consta de cuatro elementos: confesión de fe en la unicidad de Dios, que es el tema propuesto a debate (v. 6); interpelación a compararse con otros dioses (vv. 7-8); desarrollo irónico sobre la validez de los ídolos (vv. 9-20); y conclusión exhortativa a reconocer al Señor como único protagonista de la historia (vv. 21-22). El reconocimiento de Dios y de su predilección no es un tema teórico, puesto que lleva consigo la exigencia de conversión a Él (v. 22).
«Roca» (v. 8) es un título de Dios, frecuente en poesía hebrea (cfr 17,10; 26,4; Sal 18,3.47; 19,15; 28,1; etc.).
El texto satírico sobre la vanidad de los ídolos (vv. 9-20) es semejante a Jr 2,26-28; 10,1-16 y Sb 13,10-21. En todos ellos, pero especialmente en Isaías, se vuelve a poner en ridículo el origen artificioso de las imágenes destinadas a la idolatría: adorar ídolos es lo mismo que alimentarse de ceniza (v. 20; cfr Pro 15,14; Os 12,2).
El himno del v. 23 puede considerarse una pieza independiente, parecida al himno recogido en 42,10-13. Toda la tierra, y hasta el universo entero, participa de la alegría de la liberación de Israel. Una vez más se muestra que la universalidad es clave en el mensaje del «Libro de la Consolación».
En el Catecismo de la Iglesia Católica se alude al v. 6 (cfr 41,4; 48,12; Ap 1,8) cuando hace notar que «nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es “el Primero y el Último” (Is 44,6), el Principio y el Fin de todo» (n. 198).