COMENTARIO

 Is 45,14-25 

Se insiste una y otra vez en que sólo el Señor es Dios y no hay otro que merezca ese nombre (cfr vv. 14-15.18.21.22). Sólo Él puede salvar. Por eso, se invita a todos los pueblos a reconocer su soberanía y a adorarlo en Sión (vv. 22-24). Aunque se emplea al principio un lenguaje con resonancias guerreras, que habla de hacerse con mercancías de valor y dominar a hombres fuertes para llevárselos prisioneros (vv. 14-17), sin embargo es sólo un modo gráfico de hablar. En realidad se trata de una liberación de la idolatría hasta dejarse cautivar por la verdad de ese Dios escondido, pero que es el único Dios y Salvador verdadero. La formula: «Verdaderamente Tú eres el Dios escondido» (v. 15), es una reflexión profética sobre el ser de Dios, insondable, misterioso para la inteligencia humana, que actúa ordinariamente a través de personas y acontecimientos de la historia, sin dejarse ver. La consideración, que tiene aplicaciones universales, filosóficas y teológicas, de enorme hondura, es muy coherente con las circunstancias históricas de la elección de Ciro como instrumento para realizar los designios divinos. Todo el capítulo está impregnado de un horizonte universalista que rompe esquemas antiguos.

Los Santos Padres han visto en Ciro una figura de Cristo. De la misma manera que Dios obró ocultamente en Ciro la salvación de los judíos, más todavía se ocultó la divinidad en Jesús. La versión de los Setenta traduce «verdaderamente Tú eres el Dios escondido», por «Tú eres Dios y no lo sabíamos», que ha sido entendido por algunos Padres como referido a la divinidad de Cristo: «Porque el Hijo de Dios siempre se había aparecido; se escondía quién era. Cuando, después de la resurrección, se da a conocer, se le confiesa: Tú eres Dios y no lo sabíamos. Y el que en la Ley era considerado solo un Ángel y el capitán del ejército del Señor, cuando se le reconoce que es el Hijo de Dios, se le dice en acción de gracias: Tú eres Dios y no lo sabíamos. Por tanto con esto se quiere decir que Él era el que se había aparecido a los patriarcas, y después se encarnó, pero no había sido reconocido por los hombres» (Ambrosiaster, Ad Romanos 2,22).

El v. 23b recuerda Flp 2,10-11, que atribuye a Jesucristo cualidades que en el Antiguo Testamento se predicaban sólo de Dios.

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