COMENTARIO

 Is 49,14-50,3 

Después de los oráculos en torno al siervo, ahora el profeta se centra en Sión, la ciudad predilecta del Señor, adonde vendrán de toda la diáspora a habitar en ella. Será un auténtico milagro. El inicio es grandioso por las fórmulas entrañables y atrevidas para expresar el amor de Dios a los suyos (49,14-20). A continuación se insiste con un estilo didáctico en que el Señor obrará la liberación de Jerusalén (49,21-26). Emplea dos comparaciones: la de una reina oriental (49,22-23) y la del guerrero victorioso (49,24-26). Ambas terminan con una confesión (49,26b) que recuerda el mensaje de Ezequiel: «Y sabrás (sabrán) que Yo soy el Señor» (cfr Introducción a Ezequiel, § 2). Finalmente (50,1-3) se da respuesta desde otro ángulo a la duda de los repatriados en Jerusalén antes formulada: «El Señor me ha abandonado» (49,14). Tomando como punto de arranque la imagen esponsal inaugurada por Oseas (cfr Os 1-3), el profeta confirma con palabras puestas en boca de Dios que el exilio no fue definitivo ni irrevocable. No hubo documento escrito que rompiera el matrimonio (cfr Dt 24,1-2; Jr 3,8), ni hubo contrato cerrado de venta. Sólo fue un castigo inevitable, una separación temporal por las maldades y pecados del pueblo. Pero Dios se mantiene fiel a sus compromisos, restaurará a Sión porque conserva el mismo poder desplegado en el éxodo.

Cuando llegue la plenitud de los tiempos, en la redención de Jesucristo, este oráculo cobrará vigorosa actualidad: «Dios ha establecido en Jesucristo una nueva y eterna alianza con los hombres. Ha puesto su omnipotencia al servicio de nuestra salvación. Cuando las criaturas desconfían, cuando tiemblan por falta de fe, oímos de nuevo a Isaías que anuncia en nombre del Señor: ¿acaso se ha acortado mi brazo para salvar o no me queda ya fuerza para librar?» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 190).

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