COMENTARIO
Vienen ahora tres llamadas apremiantes que comienzan del mismo modo: «¡Despierta, despierta!» (v. 9; 51,17 y 52,1). La primera se dirige al Señor, y le recuerda los grandes prodigios que obró en tiempos pasados con la certeza de que se repetirán en el regreso de los desterrados (vv. 9-11). A continuación el profeta calla y Dios le responde reprochando la falta de fe de que adolece el pueblo (vv. 12-13), pero con la promesa de una pronta liberación (vv. 14-16).
«Rahab» es un monstruo de la mitología oriental, personificación del caos primordial; en el Antiguo Testamento designa a veces a Egipto (cfr 30,7; Job 9,13; Sal 87,4). El dragón (en hebreo, Tannín) designa un monstruo marino mitológico (cfr 27,1), que también simboliza a Egipto en algunos textos (cfr Ez 29,3; 32,2).
En sentido espiritual, las palabras del v. 16b, que en el texto latino se entendieron como dichas al profeta («para que extiendas los cielos y asientes la tierra») han sido interpretadas como dichas a todo el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, animando a los fieles a vivir una vida celestial: «Si quieres, serás cielo. ¿Quieres ser cielo? Limpia de tierra tu corazón. Si no tuvieses deseos terrenos y no dijeres en vano que tienes arriba tu corazón, serás cielo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 96,10).