COMENTARIO
La salvación se acerca, está ya a las puertas de Jerusalén, y su anuncio es llevado por el «mensajero que anuncia la paz» (v. 7), que proclama el regreso del Señor a su ciudad santa, como un rey que vuelve victorioso con los suyos después de haberlos redimido de su cautividad (vv. 7-8). En ese cortejo triunfal no faltan los cantos de gozo que ensalzan la salvación conseguida por el Señor con su gran poder (vv. 9-10), ni una llamada apremiante a la purificación, para que quienes han de dispensar la bienvenida al Señor que llega sean dignos de participar en su cortejo de santidad (vv. 11-12).
Estos versículos forman el célebre y bello poema del «mensajero de la paz», del que anuncia «la buena nueva». Con especial lirismo repite las ideas del oráculo inicial de esta segunda parte del libro (40,1-11). Poéticamente se ensalzan los pies del mensajero como símbolo de rapidez y destreza al atravesar las montañas, lugar de los grandes anuncios (cfr 40,9). El mensaje (v. 7) viene descrito con tres términos cargados de significado: «paz», que en Isaías indica seguridad en Israel tras las penalidades del destierro; «buena nueva», o más literalmente, «noticia de bondad y bienestar», es decir, prosperidad decisiva en lo material y en lo espiritual; «salvación», que equivale a restauración definitiva en todos los órdenes. Las tres palabras unidas expresan el más alto grado de felicidad que pueda imaginarse. El centro del mensaje es la entronización de Dios: «Reina tu Dios», semejante a 40,9: «Aquí está vuestro Dios». Lo novedoso de este poema estriba en que presenta a Dios como rey de Sión (cfr 24,23). El reino de Dios es sublime y sólo analógicamente es comparable a los reinados humanos, como queda manifiesto en los salmos de la realeza del Señor (Sal 47,9; 93,1; 96,10; 97,1) y, de modo más pleno, en el Nuevo Testamento, que recoge la predicación de Jesús centrada en el Reino de Dios.
Como en una representación dramática, la llegada del mensajero, que viene a identificarse con la venida de Dios como rey, provoca en los centinelas un grito de júbilo que resuena en toda la ciudad (v. 8). Los que tenían la función de avisar ante cualquier amenaza, ahora son los causantes de la alegría desbordante porque «el Señor regresa a Sión» (v. 8; cfr Ez 43,1-5).
En una preciosa personificación poética, las «ruinas de Jerusalén» son interpeladas para que se unan al coro de los centinelas (v. 9). Llega la restauración y no por méritos propios, puesto que «el Señor ha desnudado su brazo santo», símbolo de una acción enérgica, como en tiempos del éxodo (v. 10; cfr 40,10; 51,9; Sal 98,1).
El breve himno final (vv. 11-12) es una exhortación a purificarse de toda idolatría babilónica y a seguir los pasos del Señor, que, como en la antigua peregrinación por el desierto (cfr Ex 13,21-22), camina al frente de la comitiva y, a la vez, cierra el cortejo.
San Pablo cita las palabras del v. 7 en Rm 10,15 al insistir que es necesaria la predicación para que se conozca el Evangelio. Son por ello una permanente invitación al apostolado.
Las palabras de este oráculo también han sido aplicadas por la tradición cristiana a los pastores de almas. En este sentido lo que se dice en el v. 11 ha sido entendido como una llamada a la responsabilidad: «El pastor debe ser siempre puro de pensamiento. Y en tal grado que no haya inmundicia alguna que manche a quien asumió el oficio, y pueda así limpiar en los demás corazones las manchas de la impureza. Es necesario que quien se dedica a limpiar impurezas procure tener las manos limpias, no sea que teniendo lodo, al limpiar estando sucias manchen más. Por eso se dice por el profeta: purificaos quienes lleváis los vasos del Señor. Llevan, en efecto, los vasos del Señor aquellos a los que se les encarga conducir, en la fe de su trato, las almas de sus prójimos a las moradas eternas. Mediten, pues, dentro de sí mismos, con cuánta pureza deben vivir los que portan en el corazón de su compromiso, los vasos vivos hacia el Templo de la eternidad» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 2,2).