COMENTARIO
Después del canto del Siervo, el autor sagrado vuelve los ojos a Sión e introduce un bello himno dedicado a exaltar la gloria y restauración de Jerusalén. El hecho de haberlo insertado a continuación del cuarto canto parece indicar que la restauración y gloria de Sión son la consecuencia primera de la obra del siervo. Es un oráculo de consuelo y esperanza tras las humillaciones del destierro. El contenido, sin embargo, no es novedoso como lo era el cuarto canto. El nuevo poema se vale de imágenes tradicionales en el Antiguo Testamento: la esposa estéril que se vuelve fecunda (v. 1; cfr 1 S 2,5; Sal 113,9), la esposa infiel y repudiada que es de nuevo cortejada y recuperada (v. 4; cfr Os 1,16-22). Sión traerá al mundo muchos más hijos que antes del destierro (v. 3). El Señor de los ejércitos será su Hacedor y Esposo (vv. 5-6). Después de haberla abandonado por breve tiempo (vv. 7-9), sellará con ella una Alianza eterna en el amor (v. 10). Reconstruirá sus murallas con piedras preciosas y vivirá en la paz (vv. 11-15). Pero Sión desborda las dimensiones materiales: es la heredad de los siervos de Dios (v. 17).
En la estructura del poema hay una progresiva intensificación de la ternura divina hacia su ciudad y hacia los suyos: la primera estrofa (vv. 1-3) contempla la ciudad como la madre estéril y llena de hijos; es la nueva Sara (Gn 16,1), la nueva Raquel (Gn 29,31), la nueva Ana (1 S 1,2). Así será porque así lo «dice el Señor» (v. 1). La siguiente (vv. 4-6) subraya los títulos del esposo: creador, Señor de los ejércitos, Redentor, Santo de Israel, etc. Y, como confirmación, modifica la fórmula del oráculo: «Dice tu Dios» (v. 6). La tercera estrofa (vv. 7-10) describe el amor afectivo y entrañable del esposo: la abandonó un momento, pero su amor es eterno; sufrió como Noé un tiempo de desgracia, pero ha jurado «no enojarse más, ni amenazarla». La fórmula oracular es ahora: «Dice tu Redentor, el Señor» (v. 8b) y «dice el que se apiada de ti, el Señor» (v. 10b), que etimológicamente equivale a «el que te ama entrañablemente».
La segunda parte del poema consta de dos oráculos de restauración: el primero (vv. 11-15) presenta la ciudad construida con piedras (abanim, en hebreo) escogidas (v. 11) y llena de hijos (banim, en hebreo) dóciles y justos (v. 13); el segundo (vv. 16-17) confirma que Dios mismo, poderoso y justo, garantiza la gloria y permanencia de Sión.
Una lectura cristiana ve en el poema una explicación de la Iglesia como continuadora y culminación del antiguo pueblo de Dios, sobre todo en la etapa escatológica, cuando las tribulaciones hayan pasado: «Al decir: Alégrate, la estéril, se refería a nosotros, pues estéril era nuestra Iglesia, antes de que le fueran dados sus hijos. Al decir: Rompe a cantar, la que no tenías dolores, se significan las plegarias que debemos elevar a Dios, sin desfallecer, como desfallecen las que están de parto. Lo que se añade: Porque la abandonada tendrá más hijos que la casada, se dijo para significar que nuestro pueblo parecía al principio estar abandonado del Señor pero ahora, por nuestra fe, somos más numerosos que aquel pueblo que se creía posesor de Dios» (Pseudo-Clemente, Epistula II ad Corinthios 2).
Los vv. 11-12 inspirarán la visión de la Jerusalén Celestial de Ap 21,18-21. El v. 13 es aplicado a los discípulos de Jesús en Jn 6,45 para indicar que Dios mismo garantiza la fe de los creyentes en Jesucristo.
La Iglesia lee parte de este pasaje (vv. 5-14) durante la Vigilia Pascual, pues la muerte y resurrección de Jesucristo es, para el nuevo pueblo de Dios, el cumplimiento de esta promesa hecha por Dios de que iba a sellar con los hombres una nueva y definitiva Alianza, con la que Cristo se unió para siempre a su Iglesia, su esposa amada por la que se entregó.